Su cuerpo perderá, no su cuidado (y II)

Animales de compañía

En un artículo anterior, nos referíamos a un par de experiencias intelectuales relativamente cotidianas que nos muestran que hay algo dentro de nosotros que no está ligado a la materia (ni a las coordenadas de espacio y tiempo en las que la materia se desenvuelve). Pero, si el intelecto nos brinda indicios notables de la existencia del alma, todavía más apabullantes son los indicios que nos brinda la voluntad, que constantemente nos prueba nuestra capacidad para vencer los impedimentos de la materia. Es cierto que vivimos una época que estimula la anestesia de la voluntad, aturdiéndonos con comodidades y molicies que acaban por eunuquizarnos. Pero todos hemos tenido ocasión de comprobar cómo nuestra voluntad es capaz de sobreponerse a las dificultades y obstáculos que se interponen en nuestro camino. Todos hemos tenido ocasión de descubrir dentro de nosotros, en trances peliagudos, aptitudes que desconocíamos. A mí, por ejemplo, me ha ocurrido a menudo en mis tareas literarias, cuando tengo una novela embarrancada y creo que ya no la podré salvar, o cuando su trama se interna en pasadizos que no me son familiares; o bien cuando se acerca el plazo de entrega de un artículo para el que no encuentro el enfoque adecuado. Me pongo a escribir convencido de que la intentona terminará en catástrofe; pero, misteriosamente, emerge dentro de mí una voluntad desconocida que me alza en volandas y me permite salir del atolladero. Y luego, mientras repaso lo que he hecho, me pregunto, perplejo: «¿Cómo he podido escribir yo esta página?».

Eso que llamamos ‘fuerza de voluntad’ logra a veces hazañas que nunca hubiésemos soñado que podríamos realizar. Y tal fuerza de voluntad se aprecia, sobre todo, en las personas impedidas y enfermas, que se sobreponen a sus dolores y quebrantos, incluso a la parálisis, y logran hacer cosas que a todos nos dejan estupefactos (pensemos, por ejemplo, en los sordos que logran componer música, o en los mutilados que pintan con la boca). Si la voluntad humana es capaz de vencer los impedimentos corporales y de doblegar el dolor de un modo tan sorprendente, ¿no será porque nuestra naturaleza guarda dentro de sí un principio constitutivo más fuerte y duradero que la materia? Y ese principio que tan esforzado se muestra contra el dolor, hasta llegar a vencerlo, ¿no podría también enfrentarse a la muerte y vencerla también? No olvidemos que el dolor, con su cortejo de achaques y decrepitudes, no es otra cosa sino el heraldo de la muerte, el mensajero que la muerte nos envía, para tenernos prevenidos. Y cuando hablo de dolor no me refiero únicamente al dolor físico, sino también a los múltiples dolores morales o espirituales que tenemos que arrostrar durante nuestra existencia terrenal, las zozobras y angustias, pesadumbres y depresiones que nos merodean, como negros pajarracos, en tantas fases de nuestra vida. A veces sucumbimos a ellas; pero en la mayoría de las ocasiones nuestra voluntad logra espantarlas. Y si nuestra voluntad logra espantar esos dolores espirituales, ¿no será que guarda dentro de sí el antídoto perfecto, una vocación de dicha que de momento permanece en hibernación, esperando el día en que al fin pueda volar libre?

Son indicios, tan sólo indicios de la inmortalidad del alma; pero son tantos que asomarse a ellos causa vértigo a nuestra época, que casi ha logrado –por primera vez en la Historia de la civilización humana– silenciar esta cuestión. Sólo lanzaré un indicio más. Sorprende la cantidad de gente que –en cualquier época, incluso en esta época nuestra, tan lastimosamente cobardona, tan atrincherada en sus comodidades materiales– arriesga su vida por cosas inmateriales: desde el héroe que se inmola en un incendio para rescatar a su vecino (por poner un ejemplo de donación generosa) al alpinista aficionado que se propone alcanzar una cima muy escabrosa (por poner un ejemplo de esfuerzo vanidoso, incluso cantamañanesco), desde el soldado que se bate en el campo de batalla en defensa de su patria o de su familia a la enfermera que limpia las llagas de un leproso. Ese desprecio que tantas personas muestran por su vida mortal ¿no prueba acaso que dentro de nosotros anida un instinto o convicción subconsciente de que esta vida mortal no es lo más valioso que atesoramos? Quien arriesga su vida de forma tan generosa (incluso en apariencia insensata) ¿no lo hace acaso porque íntimamente sabe que hay algo dentro de él que está llamado a palpitar eternamente, liberado de su envoltura carnal? ¿No es el alma quien le susurra que puede hacerlo sin inquietud, porque le aguarda otra vida infinitamente más preciosa?