Morcilla de Burgos ‘made in Taiwan’

Reinos de humo

No se preocupen. El título es algo alarmante, pero no es que los taiwaneses se hayan puesto a abastecer los mercados mundiales de delicias castizas, además de ordenadores. Es que tienen una especialidad local casi igualita en ingredientes, solo que en vez de meterla en tripa la cortan con forma de polo helado y se la comen con su palito y todo, a veces rebozada en polvo de cacahuete. De hecho, la primera idea era titular la columna: «Polo chino de morcilla de Burgos», descartado al pensar que más de un lector creería que algún cocinero nuestro había perdido el oremus. El cuento sería perfecto si pudiera decirles que un misionero burgalés enseñó a los aborígenes a hacer morcilla, dato históricamente posible porque los españoles colonizamos el norte de Taiwán –entonces isla Formosa– durante 16 años del siglo XVII. Pero el invento gastronómico lo llevaron los chinos, que, por cierto, llegaron mucho después que los españoles y los holandeses. Hemos afirmado mil veces que los préstamos y las fusiones son tan antiguas como el Homo sapiens, pero también existe la poligénesis o, dicho de otro modo, la posibilidad de que a dos personas se les ocurra lo mismo sin que lo sepan. El pastel de sangre de cerdo o zhū xiě gāo que yo probé –sangre y arroz básicamente– lo venden en un estratégico puestito colocado entre un templo budista que no cierra de noche y la entrada al mercado nocturno de Raohe, una auténtica feria de la gastronomía de calle que ofrece cientos de especialidades, cada cual más sorprendente para los ojos y narices occidentales, que bulle de gentes hambrientas hasta el alba.