Guerra al plástico

Animales de compañía

Allá por la década de los cincuenta, se producían en el mundo aproximadamente dos millones de toneladas de plástico al año; ahora la cifra ronda los 350 millones anuales y –si nada se hace para rectificar esta tendencia—, en apenas dos o tres décadas, esta cifra se habrá triplicado. En estos momentos, más del seis por ciento del petróleo que se extrae en todo el mundo se dedica a fabricar productos de plástico, omnipresentes en nuestra vida; no sólo en envases y botellas, bolsas y embalajes, también en nuestras ropas, en nuestros automóviles, en nuestros muebles, en nuestras cañerías, en nuestros ordenadores y demás artilugios tecnológicos.

Sólo que, a diferencia del papel, el plástico es muy resistente a la acción de la luz solar, del oxígeno o del agua. No es un material fácilmente biodegradable; y, en lugar de descomponerse, se fragmenta en pedazos que cada vez se hacen más y más pequeños, hasta tornarse microscópicos. El ecologismo más tremebundo suele intimidarnos con documentales de aves marinas que perecen asfixiadas, después de tragarse una pajita de plástico; pero lo cierto es que la acción destructiva del plástico es mucho más cotidiana y a la vez imperceptible, pues esas partículas diminutas en las que se fragmenta acaban suspendidas en el agua que bebemos, en los alimentos que ingerimos, incluso en el aire que respiramos. Algunas de estas partículas invisibles se han encontrado ya en los productos más diversos, desde la miel a la cerveza, desde la sal al azúcar; también, por supuesto, en multitud de animales, empezando por el pescado y el marisco. Y se han encontrado vestigios de ‘contaminación plástica’, tanto en el agua del grifo como en el agua embotellada; y, por extensión, en todos los refrescos. Se desconocen todavía los efectos que la ingestión de estas partículas microscópicas tiene sobre la salud humana; pero se descarta, desde luego, que sean efectos beneficiosos. Es evidente que muchas de estas partículas las excretamos; pero parece altamente probable que otras –las más diminutas– ingresen en nuestro torrente sanguíneo, o se queden atrapadas en nuestros pulmones o riñones, o acaben incorporándose a nuestros humores, lo mismo al semen que a la leche materna. Algunos expertos empiezan a declarar sin ambages que tales partículas tienen efectos cancerígenos (y así se explicaría que cada vez haya más enfermos de cáncer), o que trastornan nuestra producción de hormonas.

Para combatir la plaga del plástico los gobiernos europeos han impuesto a los establecimientos mercantiles que cobren por las bolsas de plástico; y anuncian que tales bolsas estarán prohibidas en el plazo de dos años. Se trata, naturalmente, de una medida por completo inane y pinturera que complacerá al postureo ecologista; pero si en verdad se desea combatir la plaga del plástico habría que renegar por completo del modelo económico del que tan orgullosos estamos. Habría que volver a una economía de cercanías en la que los alimentos de consumo habitual se produjeran en nuestra comarca, para que no fuese necesario envasarlos. Habría que perseguir implacablemente el comercio on-line, que ha multiplicado geométricamente los fletes y produce infinidad de desperdicios con sus embalajes. Habría que volver a fabricar ropas con tejidos naturales; y automóviles y artilugios electrónicos que durasen toda la vida. Habría que dejar de embotellar en botellas de plástico el agua, la leche y otros refrescos. Habría que abjurar de la filosofía vital del ‘usar y tirar’ sobre la que se funda el consumismo bulímico propio de nuestra época. Habría que abominar de todas las baratijas superfluas que acumulamos compulsivamente. Habría, en fin, que fundar no sólo una nueva economía, sino una nueva humanidad.

Pues no bastaría con combatir la concentración de la propiedad y estimular una nueva economía de cercanías; no bastaría con fabricar objetos más duraderos y biodegradables. Harían falta también personas que renegasen de sus ansias consumistas, personas dispuestas a volver a trabajar la tierra, personas impermeables a las tentaciones de la moda, personas dispuestas a vivir muy austeramente. Harían falta, sobre todo, personas que no echasen lagrimillas de cocodrilo viendo documentales tremebundos de aves marinas que se asfixian por tragarse una pajita de plástico, mientras hacen compras compulsivas en interné o cambian de móvil todos los años. Haría falta, en fin, una metanoia o conversión de magnitudes universales; porque esta humanidad sobornada no puede batallar sinceramente contra el plástico, ni en general contra ninguna de las calamidades que la esclavizan material y espiritualmente.

Te pueden interesar estos artículos sobre plástico y contaminación

¿Podemos vivir sin plástico?

6 ideas para reducir el plástico en casa

El océano está empachado de plástico

¿Nos está matando el plástico?

Comemos cada vez más plástico invisible

Haciendo surf con la basura

¿Cuántos basura puede soportar el planeta?

Sumergidos en residuos