Chuletón probeta

REINOS DE HUMO

Si nos ponemos serios  con el problema de la sostenibilidad y escuchamos a los que saben, como la FAO, no volveremos a comer un filete de ternera. Más del 25 por ciento del agua dulce y la tierra del planeta se destina a criar ganado. En el 2050 se necesitará el doble que hoy para poder alimentar a los 9000 millones de seres humanos que habitarán lo que quede de este mundo. Silencio. El futuro, según dicen, es la carne sintética cultivada en un laboratorio. Cientos de empresas de biotecnología investigan hoy el modo de obtenerla. Ya empiezan a estar a la venta hamburguesas que emulan la textura y el sabor de la vaca fabricadas a base de guisantes, remolacha y aceite de coco, pero en pocos años, en cuanto los precios de producción bajen y se consigan sabores más auténticos, llegará al supermercado el músculo real que no procede de un animal, sino que es un tejido celular nacido, alimentado y criado de modo artificial. No parece tan difícil. Si en 1978 pudo nacer el primer bebé probeta, ¿por qué no vamos a tener cuarenta años después un chuletón probeta? Para aquellos que hoy solo compran filetes en bandejas, sin nada que les recuerde al animal del que proceden –para no sentir asco o pena–, la vida no les cambiará mucho. Pero es paradójico que, cuando la gastronomía mundial apuesta por la autenticidad, el producto y el territorio, por los tomates que saben a tomate, los pollos que saben a pollo y mantiene un discurso de regreso al origen de los alimentos, lo que se plantea para salvar el mundo sea lo opuesto: carne que no es carne, pollo que no es pollo, bioquímica y tecnología. ¿Será que alimentarse dejará de guardar relación con disfrutar con la comida? ¡Ay!