La creación en venta

Animales de compañía

En un pasaje especialmente inspirado de su obra, Chesterton  nos enseñaba la radical incompatibilidad entre la visión religiosa del mundo y la visión del capitalismo: «Cuando Dios miró las cosas creadas y vio que eran buenas, fue porque eran buenas en sí mismas, tal como aparecían. Pero según la moderna idea capitalista, Dios habría mirado las cosas y visto que eran bienes. (…) Todas las flores, todos los pájaros, estarían marcados con su precio de liquidación; toda la creación estaría en venta y todas las criaturas buscando negocio». Tristemente, esta visión del mundo como un inmenso hipermercado o bazar al alcance de nuestra codicia es la que ha triunfado en nuestra época. Si todas las civilizaciones anteriores habían profesado una visión religiosa del mundo, distinguiendo entre las cosas destinadas al consumo (una manzana), al uso (una silla) y a la contemplación (un crepúsculo), la nuestra –por primera vez en la Historia– trata todas las cosas como si hubiesen sido creadas para el consumo bulímico.

Así, se fabrican cosas que antaño estaban destinadas al uso sin plazo de caducidad como si fueran cosas destinadas al consumo inmediato (y por eso las ropas que vestimos o los utensilios con los que trabajamos están diseñados para que rápidamente se estropeen y podamos cambiarlos por otros); y, más terriblemente aún, todas las cosas que antaño habían sido creadas por Dios o por los hombres para recreación de nuestra alma se han convertido en piezas de una colección que debemos completar vorazmente y a matacaballo. Esta visión del mundo como un hangar en el que todas las flores y todos los pájaros están marcados con su precio de liquidación es la premisa sobre la que funciona el turismo, que no consiste en otra cosa sino en consumir bulímicamente ciudades exóticas o pueblecitos pintorescos, en zamparse playas paradisíacas o bosques encantados, en devorar catedrales desdiosadas o aburridísimos museos, en embaularse devaluadas experiencias de riesgo o decrépitas aventuras románticas. Y así hasta que toda esta comilona nos deja ahítos.

Luego volvemos a casa y tratamos de hacer la digestión de la pitanza. Y entonces descubrimos (aunque nunca lo confesamos) que aquel empacho no ha logrado nutrir nuestra alma ni siquiera mínimamente; por el contrario, más bien ha logrado dejarla esquilmada y consumida, más todavía de lo que antes estaba. Y aunque eructamos ante los amigos, para que puedan deleitarse con las tufaradas de las ciudades exóticas o los pueblecitos pintorescos que hemos consumido, de las playas paradisíacas y bosques encantados que nos hemos zampado, de las catedrales desdiosadas y los aburridísimos museos que hemos devorado, íntimamente nos sabemos vacíos. Porque todos esos paisajes y experiencias que hemos consumido durante las vacaciones eran en realidad un trampantojo diseñado para saciar nuestras ansias de coleccionismo. Pero todo aquel trampantojo, apenas lo dejamos atrás, se desvanece como por arte de ensalmo; porque nada de lo que vivimos en aquellos días era nacido del alma, nada fue gestado en el alma, nada hizo su nido en el alma. Todo fue una experiencia diseñada para disfrazar nuestro hastío y aletargar nuestro desencanto; una experiencia que, una vez gastada, se desvanece: no ha traído ningún descanso a nuestras almas, sino que más bien nos deja una resaca que agiganta nuestro hastío y desencanto.

Y, a la postre, todos aquellos lugares que visitamos durante nuestras vacaciones se quedan arrumbados y polvorientos en el desván de la desmemoria, como libros que no llegamos a leer, porque estaban escritos en un idioma indescifrable. Porque antes han sido convertidos en bienes marcados con su precio de liquidación, expuestos a nuestra bulimia consumista. Sospecho que casi todos hemos pasado por este mal trago, tanto más demoledor cuanto mayor ha sido el empacho. Al final nos traemos de nuestras vacaciones un repertorio de ‘vistas’ o ‘sensaciones’ estereotipadas y archisabidas: las mismas que los folletos turísticos habían preparado para nosotros, las mismas que se repiten en los selfies de todos los turistas que nos precedieron el año anterior y que se repetirán en los selfies de los turistas que nos sucederán el año próximo. Pues, a la postre, el viaje, en un mundo que ha perdido la palpitación religiosa y se ha entregado a la voracidad consumista, no es otra cosa sino un bufé para tragaldabas cuyos platos, montados sobre una alfombra deslizante, discurren ante nosotros sin rozar siquiera nuestra alma. Y que se pierden, allá a los lejos, por la escotilla del olvido, como se pierde la ferralla en una planta de desguace.