‘Cambalache’

Pequeñas infamias

Pasan tantas cosas últimamente que abrir el periódico, poner la tele o sintonizar la radio se ha convertido en fuente de perpetuo sobresalto: ¿qué ha pasado hoy?, ¿quién ha caído en desgracia?, ¿qué nuevo escándalo han destapado? Más desasosegante aún es leer la información que llega a través de las redes, con la particularidad de que en este caso uno ni siquiera sabe qué es verdad, qué exageración, qué flagrante mentira. Sin embargo, lo más paradójico de lo que estamos viviendo es que, con la sobredosis de información que nos infesta, da igual qué de lo que se diga sea cierto o no. Lo único que importa es que la ‘información’ arraigue, es decir, que la gente se la crea, aunque sea una trola descomunal para cualquiera que tenga dos dedos de frente. Porque, como dijo no hace mucho el cínico exalcalde de Nueva York y ahora abogado de Trump, la verdad ya no es la verdad, ahora la veracidad de algo se mide por el número de likes que concita. Es algo así como una reedición 2.0 de aquel gesto tan augusto como arbitrario de los emperadores en el circo romano que, pulgares arriba o pulgares abajo, decidían qué desdichado gladiador merecía vivir y cuál no. Solo que ahora el esforzado gladiador es nada menos que la Verdad, ese concepto universal que entre todos nos hemos dado y que ahora poco y nada tiene que ver con la realidad. Todo esto ya lo sabemos y ni siquiera es un fenómeno nuevo. Siempre ha habido maestros del embuste, virtuosos de la patraña, genios del cuento chino. También gente habilísima en hacer creer a los demás verdades inexistentes, desde Stalin hasta Maduro, desde Hitler hasta al gurú de cualquier oscura secta. Lo que me parece novedoso de la situación es la letal combinación de posverdad con sobredosis de información que nos abruma. Vivimos en un mundo en el que la gente está más informada y a la vez menos formada que antes. Cierto que en números absolutos más personas que nunca en la historia tienen acceso a la educación, pero esta es más epidérmica, también más específica o focalizada, de modo que el que sabe mucho de una cosa es un perfecto ignorante en otros ámbitos. Todo está a un clic de distancia así que para qué acordarse de cuándo tuvo lugar la Revolución francesa o cuánto es siete por nueve. Y es tan fácil acceder a cualquier tipo de información que todo se devalúa o se banaliza. Como se banaliza también la actualidad política y los mil sobresaltos que esta nos depara. Antes, cuando los acontecimientos se sucedían a velocidad menos vertiginosa, a todos nos daba tiempo a calibrarlos, a ponderarlos, a decidir qué tenía importancia y qué no. En cambio, en estos tiempos acelerados en los que vivimos, la actualidad se ha convertido en un monstruo insaciable al que hay que alimentar sin tregua, de modo que las noticias se solapan, se atropellan unas a otras. También se anulan, de ahí que la brutal escandalera de un par de meses atrás hoy apenas se recuerda, y el cadáver político de entonces solo tiene que poner cara de ‘yonofui’ y aguantar un poco el tirón, porque el escándalo que viene a continuación seguro que es más sonado para que se cumpla, inexorable, ese viejo refrán de «otros vendrán que bueno me harán». Y eso estaría muy bien si el político en cuestión fuese víctima de una injusticia o de una falsa acusación. Pero la sobredosis informativa redime tanto a culpables como a inocentes. Porque otro de los efectos de la vorágine es que, como uno tiene una capacidad limitada de asimilar sucesos noticiosos, al final todo se trivializa o se devalúa, ya nada importa ni tiene castigo porque, igual que en el tango Cambalache: cualquiera es un señor, cualquiera es un ladrón, mezclados con Stavisky van don Bosco y la Mignon, don Chicho y Napoleón… Así como también adelantó el visionario Discépolo incluso antes de que se produjera esta sobredosis de escándalo facilitada por la hiperinformación que nos infesta: vivimos ‘revolcaos’ en tal merengue que hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor, ignorante, sabio o chorro, generoso o estafador.