Pan nuestro de cada día

Reinos de humo

Desde la época de los godos, aquí todo quisque viaja para comer rico. Se visitan ciudades y catedrales y se hacen caminatas por cañones de ríos en plan tapadera para concluir el evento dándole cariño al estómago y al gaznate. Los más finos vuelan doce horas para tomar un nigiri de erizo en Tokio o un mole en la misma Puebla. Otros se pegan cuatro horas de volante para comer un pichón y unas alubias con liebre en Casa Lera, y los más buscan un puerto o unas murallas a hora y media para culturizar la excursión y luego se ponen hasta las trancas de rodaballo, lechazo o atún de almadraba. Cuando los españoles salíamos a ganarnos la vida a Suiza y Alemania, las alternativas disponibles se llamaban paella, cocido, bacalao o chuletillas al sarmiento, pero, ahora que convivimos con cinco millones de personas de otros orígenes culturales, la diversidad gastronómica disponible sin movernos es enorme. En muchos patios de vecinos huele a curry y a especias, en los supermercados se venden yuca, harina PAN y cuscús, y miles de niños de nuestras escuelas desayunan arepas y cenan tamales. Sin embargo, esa riqueza gastronómica aún es ajena para la mayoría de los autóctonos. Quizá haga falta otro par de lustros para que los productos y los modos de comer de nuestros vecinos sean también pan nuestro de cada día. Algunos por ahí arquean las cejas cuando lo digo, pero no hace tanto hubiera parecido impensable la afición local al pescado crudo. Hace diez años quise agasajar a un amigo en un buen restaurante. Al llegar, me dijo: «¿Pero cómo me invitas a mí, que soy gallego, a un japonés?» Hoy ese gallego es embajador de los buenos nigiris y del sabor delicado del dashi.