De repente, un ángel

Animales de compañía

Supongo que es una sensación que le ha asaltado a cualquier viajero. Uno llega a tal o cual ciudad de visita, pasea sus calles, se deleita con sus monumentos y jardines, come en sus restaurantes, incluso llega a explorar tal barrio de las afueras o tal pueblecito pintoresco sobre el que las guías turísticas nada dicen… Y, sin embargo, se marcha de esa ciudad con la conciencia de que no ha conseguido captar su verdad más recóndita. Porque siempre hay para el forastero una especie de pared de cristal que le impide adentrarse en la intimidad de las ciudades que visita, que le impide penetrar en las entrañas que se esconden detrás del decorado urdido para solaz de turistas. He notado la existencia de esta barrera invisible en casi todas las ciudades que he visitado, a veces tímidamente protectora, a veces orgullosamente hostil.

Este verano tuve la suerte de quebrar esta barrera en la ciudad de Viterbo, allá en la Tuscia italiana. A Viterbo viajé hace algunos años, en busca del Parque de los Monstruos de Bomarzo, donde un noble renacentista tentado por el esoterismo o la excentricidad mandó esculpir en la roca volcánica figuras grotescas o terroríficas. A mi mujer y a mí nos gustó mucho Viterbo y allí hemos vuelto en diversas ocasiones, para descansar del mundo y olvidar sus trapacerías; pero nunca habíamos logrado romper del todo esa pared de cristal que tantas veces impide al viajero fundirse con la palpitación de los lugares que visita. En esta ocasión, sin embargo, esa pared se quebró en mil añicos gracias a Antonello Ricci, un escritor viterbés dedicado en cuerpo y alma a la exaltación de su tierra y a la recuperación de la memoria colectiva de sus gentes. Leyendo en un diario digital de la Tuscia noticias sobre Viterbo, me había encontrado con la figura de este promotor incansable de la Tuscia, paladín de tradiciones olvidadas y descubridor de bellísimos parajes abandonados a la incuria. Le escribí una carta, solicitándole amistad, y nos intercambiamos algunos libros. Enseguida descubrí en él una afectividad desbordante y jubilosa que me cautivó. Y este verano al fin pudimos conocernos.

Antonello Ricci tiene algo de fraile franciscano que se ha escapado del convento o de ángel expulsado de su coro angélico, porque no le dejan lucir aretes en las orejas. En realidad, sus orejas están invadidas de aretes, como si llevase puesta una ferretería entera; y tiene un cuerpecillo muy menudo y fibroso, como de cigüeña que acaba de caerse del nido. Siempre para saludarme me daba un par de besos, uno en cada mejilla, como suelen hacer los italianos, mientras yo lo abrazaba y palmeaba la espalda, al modo español, procurando no hacerlo con excesivo ímpetu, para no desbaratar su fragilidad. En la mesa, Antonello apenas probaba bocado, se conformaba con mordisquear alguna fruta o con picotear algunas verduras, siempre muy regadas de vino, que llenaba su boca de elocuencias sabrosísimas, cada vez más contagiadas de dialecto viterbés a medida que se alargaba la sobremesa. Y cuando alzábamos los manteles, Antonello nos llevaba por calles de Viterbo que nunca habíamos paseado, o nos montaba en su coche destartalado (como una tartana que suspirase por volverse al fin chatarra) y nos conducía hasta lugares que no aparecen en los mapas, bosques umbrosos que guardaban el secreto de la civilización etrusca, iglesias donde tiritaba un mármol tallado por Miguel Ángel, villas renacentistas invadidas por la hiedra y el olvido. Al lado del frugal y angélico Antonello, la pared de cristal que hasta entonces nos había impedido zambullirnos en los misterios de Viterbo se esfumó como por arte de ensalmo; y fue como si de repente el cielo restallase con un color de esmalte, y la respiración dormida de los siglos despertara, para mostrarnos sus desvanes más escondidos, sus heridas más vergonzantes, sus alegrías más pudorosas. Mientras paseábamos las calles de Viterbo, Antonello iba desgranando su historia secreta; y, al sortilegio de sus palabras, surgían a nuestro paso palacios y florestas, mercados y conventos, con sus rezos susurrados y su estridente algarabía, su aleteo de pájaros y su música de laúdes.

Supimos entonces que Antonello Ricci comandaba una ‘Banda del Racconto’ que, al modo de los juglares de antaño, iba cantando por los pueblos de la Tuscia las bellezas de su tierra. Y conocimos a otros miembros hospitalarios de aquella banda –el tímido Marco D’Aureli, el aplomado Fabrizio Allegrini–, que lograron que la Tuscia fuese por unos días –y para siempre– el refugio de nuestra felicidad.