Maestros en espejismos

Pequeñas infamias

Cuando escribo estas líneas, «el independentismo catalán es un cuerpo herido y sin dirección política, está desgobernado y se acerca un peligro mortal para Catalunya: la cronificación del desbarajuste. Podríamos incluso decir que el independentismo es un gallo sin cabeza que, llevado por la inercia de estos años fervorosos, corre sin saber adónde va». Esta larga definición no es mía, sino del escritor, columnista y colaborador de TV3 Antoni Puigverd. «El aniversario del 1 de octubre tenía que haber sido una jornada de reivindicación pacífica por el derecho a votar, pero quedó secuestrada por unos violentos encapuchados que decidieron marcar con vergüenza la festividad de todos regalando a los que nos quieren destruir las imágenes de kale borroka que justifican su relato». Este comentario tampoco es mío, sino de Pilar Rahola, en un artículo en La Vanguardia en el que tacha de «inadmisibles, inaceptables, injustificables e inexcusables» los actos violentos que se produjeron en el primer aniversario del llamado ‘referéndum de independencia de Cataluña’. Me han sorprendido ambos artículos, sobre todo el de Rahola, cuando se duele de que los violentos, con su actitud, regalaron al adversario «imágenes que justifican su relato». Relato. He aquí la palabra clave. No importan los hechos, tampoco el asedio a la libertad de más de la mitad de los catalanes que no se sienten independentistas, lo único que importa es la imagen que se proyecta, el espejismo que se crea y que poco y nada tiene que ver con la realidad. Así, en los doce meses que nos separan de la declaración unilateral de independencia, sus partidarios han logrado convencer al mundo entero de que en España hay presos políticos; de que este es un país a la altura de Kazajistán en derechos humanos (sic) y de que, si bien Franco murió hace 43 años (obviamente esto no lo podían tunear, hasta las fake news tienen sus límites), su espíritu vive en todas las instituciones del Estado. Hay que reconocerlo, son unos genios de la comunicación. También de las puestas en escena: hoy lleno las calles de lazos amarillos y las playas de cruces blancas, mañana monto una manifestación de más de un millón de personas o propago que Puigdemont está entre los favoritos para ganar el Nobel de la Paz. Pero a mí, seguramente por deformación profesional, lo que más me interesa es su brillante uso y su no menos brillante manipulación del lenguaje. Juegan con ventaja realmente, porque, como ya dijo Goebbels, la propaganda opera en un sustrato preexistente de mitología nacional, sobre un agravio pasado, sea este falso o verdadero. La propaganda se cimenta en pequeñas ideas en apariencia inapelables (nosotros solo queremos votar, qué hay más democrático que un pueblo que pretenda decidir su destino, etcétera), afirmación que ha de repetirse incansablemente, porque una mentira repetida adecuadamente se convierte en una verdad. También son buenos discípulos de Marshall McLuhan, gran estudioso de la comunicación. Siguiendo su célebre frase de que «el medio es el mensaje», ellos saben que, según quién sea el autor de una afirmación, su significado cambia. Así, decir «¡viva España!» es fascista, mientras que «¡puta España!» es libertad de expresión; dividir Cataluña es franquista, mientras que romper España es legítimo; igual que «un solo pueblo» atufa a dictadura, mientras que un sol poble es justicia. ¿Por qué, retomando la expresión de Rahola, unos ‘relatos’ calan y otros no? ¿Cómo se fabrican espejismos, verdades virtuales, realidades ‘aparentes’ que hoy en día son las únicas que cuentan? Dicho esto, algo está empezando a cambiar. Un reciente editorial de La Vanguardia lo explicaba así: «En el trasfondo emergen cada vez con más claridad las consecuencias de las astucias, los atajos y las trampas para sortear las leyes. […] Al final, toda esta estrategia se está demostrando como pan para hoy y hambre para mañana». Abraham Lincoln, por su parte, lo hubiera expresado de otro modo. Según él, se puede engañar a todo el mundo algún tiempo, se puede engañar a algunos todo el tiempo, pero es imposible engañar a todo el mundo todo el tiempo. Es el sino de los espejismos. A medida que se acerca uno a ellos, se deshilachan, se desvanecen.