El vértigo

Mi hermosa lavandería

Casi todas las esculturas y pinturas que retratan a Napoleón lo representan montado en briosos y grandes caballos. Pero hay otros testimonios, como los que recoge el autor francés Christophe Donner en su reciente novela histórica Au clair de la lune, que sugieren otra cosa. El barón Scott de Martinville, discípulo de los hermanos Montgolfier, diseñó un dirigible en forma de pez, accionado por un motor de gas que permitía girar a derecha e izquierda, que atrajo a banqueros, científicos y militares de la época. Pero, cuando fue a presentárselo a Napoleón Bonaparte para que lo utilizara en la guerra que estaba a punto de estallar, este lo rechazó de plano con la frase: «Yo no voy a ganar mis batallas con un vil cacharro como este». Al parecer, lo que asustó a Napoleón fue la posibilidad de estar en las alturas porque tenía vértigo y procuraba evitar hasta montar a caballo. Pero jamás lo admitía, hasta el punto que echaba de su lado a todo aquel incauto que sugiriera un paseo a caballo. Y todos sus generales se abstenían de hablar del tema. Scott murió arruinado y el progreso de la aeronáutica sufrió un parón, del que tardó en recuperarse.

Las mentiras sobre personajes históricos contemporáneos son a veces tan gordas que uno no sabe qué cara poner cuando te enteras de manera fehaciente que aquel a quien habías admirado tanto no es ni tan heroico ni tan bueno ni le han pasado todas las desgracias que creías que le habían pasado. Uno de los personajes del que más me ha asombrado descubrir la verdad es la premio Nobel de la Paz Rigoberta Menchú. En mi juventud leí con emoción el libro Me llamo Rigoberta Menchú y así me nació la conciencia, donde relata su condición de indígena analfabeta, la muerte de su hermano torturado por los militares, sus años de trabajo como criada, el asesinato de su otro hermano quemado vivo. Hasta hace bien poco, yo creía a pies juntillas esa versión de la historia, porque me venía bien, porque me resultaba más edificante, más correcta. Más épica. Más cinematográfica. Y durante años no presté atención a otras versiones que ponían seriamente en cuestión esta. Finalmente accedí a regañadientes a leer el trabajo del antropólogo David Stoll, que ofrece datos irrefutables: Rigoberta Menchú fue a la escuela, nunca trabajó como criada y sus hermanos ni fueron torturados ni murieron asesinados. Durante años acepté la versión que me convenía de la vida de esta mujer, ignorando voluntariamente los datos que no quería saber porque no encajaban en mi visión de la pobre indígena que remonta las dificultades hasta alcanzar la cima del Nobel. Me pregunto cuántos casos así hay en la historia. Cuántas mentiras delante de nosotros que no queremos ver. Cuántos personajes que rechazan leyes o proclaman otras por razones que nunca sabremos. Cuánto vértigo.