Catalanes del año

Mi hermosa lavandería

Las tiendas ya están llenas de calabazas, disfraces de zombie, gorros de bruja y gatos negros con ojos de vidrio: Halloween y sus espantos se acercan. Cuando apenas nos queramos dar cuenta, las calabazas pasarán a mejor vida hasta el año que viene y nos veremos invadidos por los disfraces de Papá Noel, los arbolitos, los calendarios de Artis Mutis y los anuncios de turrón rebosantes de buenos deseos. También al final del año no pueden faltar las listas con lo más relevante: deportistas del año, solidarios del año, españoles del año, discos del año, artistas del año, películas del año, supermegafeministas del año y, claro, no podía faltar, las listas de los catalanes del año. Como todavía tardarán unas semanas en aparecer las citadas listas y no tengo ni idea de quiénes son los deportistas del año, quiero contribuir –con toda la humildad de la que soy capaz (quizás no sea mucha, es verdad)– con mi modesta aportación a la lista de los catalanes del año con dos nombres que personalmente me parecen merecedores de admiración, aplauso, loa y agradecimiento: Ramón de España y Albert Soler. ¿Y por qué ellos en particular? ¿Por qué no otros catalanes que se parten el pecho y la camisa y lo que haga falta por el fet diferencial, el procés y la república? ¿Por qué considerar catalanes del año a este par de «energúmenos patéticos, fascistoides, malos catalanes, unionistas y botiflers» (como así se los califica en las nunca bien ponderadas redes sociales)?

Los artículos de Ramón de España en Crónica Global y El Periódico de Catalunya y los de Albert Soler en el Diari de Girona son, desde hace ya muchos años, un oasis de sentido del humor, cordura, perplejidad e incorrección política en el proceloso océano de la prensa que opina sobre lo que pasa. Sólo dos mentes preclaras, valientes y corajudas como las de este par de individuos son capaces de escribir lo que muchos piensan y son capaces de ver y mostrar a su cada vez más fiel y amplio público el acojonante sainete valleinclanesco en que se ha convertido la vida política de Catalunya. Cuando la angustia me invade, generalmente después de ver un informativo de TV3, recurro a sus artículos para cerciorarme de que hay una vida más allá de la Fira del Mató o Presidentorra citando a Malcolm X. Siempre encuentro una frase, un comentario o un chiste descacharrante que me devuelve la fe en la capacidad del ser humano para encontrar oro en el lodo.

A mi modo de ver (miope, parcial y resabiado, lo admito) ser catalán también es ser capaz de reírse de su propia sombra. Y como un catalán admirable, Santiago Rusiñol, escribió hace ya más de cien años: «De todas las formas de engañar a los demás, la pose de seriedad es la que hace más estragos». Ramón de España y Albert Soler jamás se toman en serio todo esto que ocurre. Gracias a ellos, unos cuantos catalanes nos sentimos menos solos. Menos engañados. Y mucho más risueños.