Los hologramas no lloran

Mi hermosa lavandería

Los hologramas no sangran. Los hologramas no sufren. No sienten. Ni padecen. Ni comen. Ni ayunan, ni se atracan a píldoras, ni vomitan. Los hologramas no lloran. La primera vez que vi un holograma fue en Disneylandia, en la atracción de la Casa Encantada. Me maravilló el realismo de los fantasmas, de los espectros verdes, que atravesábamos con las vagonetas: mirabas y parecía que te miraban a ti, alargabas la mano y no estaban allí. Y la ilusión de realidad, combinada con la seguridad de que ninguna de aquellas presencias espectrales era realmente de carne y hueso, resultaba fascinante. Hoy, cuando llegas a muchos aeropuertos, una especie de azafata de sonrisa y presencia irreal te recibe y te indica dónde tienes que embarcar: es un holograma.

La práctica de resucitar a los muertos en el mundo de la imagen no es de ahora. Cuando Natalie Cole hizo el dueto de Unforgettable con su difunto padre, Nat King Cole, las cuestiones ético-morales ya se plantearon, pero como los derechos de imagen del cantante pertenecían a su hija, y esta sólo lo puso en práctica en una ocasión puntual, el asunto no llegó a mayores.

Lo que vamos a ver en los próximos años es una proliferación de hologramas de actores y cantantes fallecidos que llenarán los escenarios para colmar el anhelo de los fans que, por unos instantes, disfrutarán de la fantasmal presencia de sus ídolos y de la ilusión de que todavía están vivos.

Vi a Amy Winehouse en Londres dos años antes que falleciera. A partir de la tercera canción, la cantante a la que todos los que llenábamos la sala claramente adorábamos empezó a desfallecer, y la horrible sensación de contemplar a alguien dotado de un talento inmenso, pero también de un no menos inmenso impulso autodestructivo, era palpable. Y lo que era peor: ella no quería estar allí, lo que más recuerdo del concierto fue un momento en que Amy Winehouse hizo amago de abandonar el escenario y uno de los miembros del coro que la acompañaba la hizo volver. No olvidaré nunca la expresión de puro desamparo, de confusión, de dolor, de angustia en su rostro. Cualquiera que la haya visto en directo o que haya visto el magnífico documental Amy sabe perfectamente de qué estoy hablando.

Hoy el padre de Amy Winehouse está trabajando en un holograma de su hija para que haga un tour mundial, según él, para que todos los que no la vieron tengan la oportunidad de verla en directo. Según el señor Winehouse, los beneficios de la citada gira irán a parar a la Fundación Winehouse, que se supone ayuda a adictos a las drogas. Que este sinvergüenza, que contribuyó en gran medida al horrible final de su hija, forzándola a actuar cuando para todo el mundo era obvio que no estaba en condiciones para ello, no la deje en paz ni muerta me parece de una vileza para la que no dispongo de calificativos. Amy Winehouse volverá a los escenarios con lágrimas holográficas, que no se secan solas. Y habrá cretinos que la aplaudirán.

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