Universidad

Animales de compañía

Aunque hacemos como que no ha pasado nada, sabemos íntimamente que los recientes escándalos políticos, con expedición de cursillos de tócame Roque y doctorados de mírame y no me toques, han dejado la universidad española hecha unos zorros. La devastación que las oligarquías políticas han perpetrado en nuestro sistema académico es similar a la que en su día perpetraron en nuestro sistema bancario, expoliando las cajas de ahorros. Pero, como hicimos entonces, achantamos la mui y nos comemos el marrón, como dóciles lacayos. Incluso caemos en la trampa de la demogresca que tanto beneficia al mantenimiento del contubernio, y nos ponemos a disculpar, por obcecamiento ideológico, la ensalada de plagios del líder de la oligarquía de izquierdas, o los másteres de birlibirloque del líder de la oligarquía de derechas. Hasta ese extremo nos han convertido en patéticos mamporreros de sus desmanes.

Tan bochornosa como la actitud de las universidades implicadas en el escándalo ha sido la actitud de las universidades no implicadas, que han callado como profesionales del amor mercenario, en un repulsivo pacto de silencio mafioso, sabedoras tal vez de que guardan trapos tan sucios como los que se han aireado durante los últimos meses, sabedoras de que los tentáculos de la partitocracia las han convertido en felpudo de los manejos políticos, en expendedurías de títulos de pacotilla al dictado del protervo llamado Plan de Bolonia. Durante algún tiempo, tuve la esperanza de que, ante la magnitud del escándalo, hubiese un puñado de universidades que saliesen a la palestra, dispuestas a denunciar los torpes manejos y sórdidas maniobras que en la mayoría se perpetran, pero su silencio solidario me ha dejado claro que la corrupción del sistema es endémica.

Las oligarquías políticas están infestadas –a nadie se le escapa– de analfabetos funcionales y vendedores de crecepelos. Mindundis que se alistaron en las juventudes del partido apenas se destetaron; y que, desde entonces, no han hecho otra cosa sino medrar a la sombra de las estructuras partitocráticas, siempre serviles al líder de turno, como nos enseña la ley de hierro de las oligarquías, que formulase Robert Michels. Esta patulea de chupópteros y polillas del erario público necesita, sin embargo, envolverse de cierta aureola de prestigio ante las masas cretinizadas que los sostienen; y, del mismo modo que antaño se agenciaban una ejecutoria de limpieza de sangre o un título nobiliario apócrifo, hoy dan el pego con diplomas académicos reales o inventados. Y no les basta con un mondo bachillerato ni una vulgar licenciatura; necesitan investirse de dignidades superferolíticas que agranden su insignificancia, que los ‘empoderen’ y hagan aparecer ante las masas cretinizadas como sabios colosales (aunque íntimamente sepan que sólo son pigmeos encaramados en unos zancos).

El fenómeno no es nuevo. Ya Torres Villarroel, allá en el siglo XVIII, nos advertía contra quienes se gradúan con nocturnidad, «entre gallos y medianoche, y comprando la borla incurren en una simonía civil de las muchas que se cometen en la Corte, adonde vienen a recuas los mulos cargados de panzas de doctores, licenciados y bachilleres de las Universidades de Sigüenza, Osuna, Irache y otras de la propia harina». Pero al menos entonces aquella calamidad estaba circunscrita a universidades de chichinabo que nadie consideraba. ¿Podríamos hoy decir lo mismo? A través del llamado Plan de Bolonia, las oligarquías políticas envilecieron los estudios superiores y convirtieron la universidad –antaño un templo del saber– en una grimosa escuela de coaching al servicio del mercado. Las diversas oligarquías tomaron asiento en universidades creadas ad hoc que acabaron convertidas en viveros de los analfabetos funcionales y vendedores de crecepelos que acampaban en sus filas; y arbitraron métodos de promoción completamente opacos, donde el amiguismo y el cambalache imponían sus reglas.

Así hicieron de las universidades su cortijo: unas las colonizaron por completo, infestándolas con su podredumbre; y las que no lograron infestar las obligaron a ponerse de rodillas y aceptar su conversión en negocios donde se trafica con vanidades y apariencias, máquinas de expedir títulos de pacotilla para engañar a una sociedad cada vez más envilecida, haciéndole creer que está llena de listos y de listas, de preparados y de preparadas, de genios y de genias. Todos y todas con las paredes forradas de diplomas y certificados con el mismo valor que las bulas que vendía el Lazarillo.