El valor de las lágrimas

Pequeñas infamias

Lo dejaré claro desde la primera línea: no soporto a los llorones. Más aún, siempre me han producido desconfianza. Y no debo de andar muy descaminada porque Al Capone ‘piantaba’ lágrimas a la menor provocación, como Stalin, como Baby Doc, y no digamos Nerón, que incluso tenía una copa de oro y piedras preciosas en la que recogía «el cristalino néctar de sus augustos ojos». En realidad, todos sabemos que el llanto no es sinónimo de sensibilidad, tampoco de grandeza de espíritu y menos aún de bondad. En nuestra vida ordinaria discernimos bastante bien entre quién derrama lágrimas de cocodrilo y quién sufre, quién es un farsante y quién no. Pero, si esto es así, explíquenme, por favor, por qué cada vez tienen más éxito esos programas televisivos en los que la gente llora y se desparrama por las estupideces más inverosímiles. Unos porque se les ha cortado la mayonesa en un concurso culinario; otros, como los integrantes de Gran Hermano Vip, porque hace una semana que no ven a su mamá/novio/amigo y lo echan muchísimo de menos; o si no «porque Fulanita o Menganito no quiere hacer edredoning conmigo…». Pero la utilización de las lágrimas no se circunscribe solo a la televisión. En el cine y también en la literatura resulta tan útil como provechoso. Hace unas semanas, Javier Marías escribió un artículo titulado Literatura de penalidades y nadería, en el que hablaba de este fenómeno por el cual las salas de cine y las librerías están llenas de películas lacrimógenas y de novelas chorreantes de buenos sentimientos destinadas a reblandecer nuestros tiernos corazones. Explica Marías que en una época tan narcisista como la que vivimos esta patología ha invadido todas las esferas, de modo que cualquiera que ha sufrido una desgracia se ve impelido a contarla como ‘testimonio’ o como ‘denuncia’. Y, por supuesto, no se trata aquí de poner en duda que sus desgracias -la pérdida de un hijo, un accidente fatal, la caída en el mundo de las drogas, etcétera- sean duras. Al contrario, algunas son atroces, pero uno se pregunta si semejante sobredosis de obras de estas características no obedecerá también al deseo de sacarle una rentabilidad a su sufrimiento. Y rentable es un rato, porque, por un fenómeno para mí incomprensible -y por lo que se ve también para Marías-, el público devora y eleva a los altares este tipo de películas y libros, sean de calidad o, la enorme mayoría de las veces, verdaderos bodrios sentimentaloides. ¿A qué se debe esta moda? ¿De veras nos hemos vuelto todos tan elementales, tan infantiles que no sabemos distinguir sentimiento de sensiblería? Posiblemente la explicación esté en lo que los norteamericanos denominan feel-good books o feel-good movies. Una película o un libro ‘me siento bien’, pensado ex profeso para que el espectador o el lector, al ver las desgracias que allí se le cuentan, se diga: «Qué buena persona soy, mira cómo me conmuevo con las penas ajenas, cómo comprendo y condeno las injusticias que han tenido que soportar sus protagonistas». Obviamente a todos nos ha ocurrido en el pasado -o por lo menos a mí sí- soltar unas lagrimitas con un cursilísimo serial radiofónico o con una pésima telenovela. Pero antaño uno sabía que estaba viendo u oyendo Pasión de gavilanes o Simplemente María y no El conde de Montecristo o Ana Karenina, y jamás confundía una cosa con la otra. Ahora, en cambio, ya no se discierne y se tiende a pensar que, si una obra mueve corazones, indefectiblemente debe de ser una obra maestra. Con buenos sentimientos y con buenas intenciones no se hace buena literatura, decía Gide. Pero hoy en día quién lee a Gide? Mejor seguir enterneciéndose con esas tristísimas historias ‘inspiradoras’ -todas basadas en hechos reales, lo que también da un plus de calidad y de prestigio- que proliferan como setas. Con ellas y con esos llorones televisivos que se hacen famosísimos y riquísimos gimiendo y moqueando para demostrar cuánto ‘sentimiento’ le ponen a todo lo que hacen: al salmorejo que preparan en MasterChef o a sus chapoteos en el jacuzzi de Gran Hermano. Apasionante, verdaderamente apasionante.