La rosa de la vocación

Animales de compañía

Hay un célebre pasaje de El principito en el que Saint-Exupéry, sirviéndose de un diálogo entre el protagonista y un zorro, nos explica que la única manera verdadera de amar no es otra sino dedicarnos con paciencia y gozo al objeto de nuestro amor, porque sólo se puede amar aquello que se conoce, aquello que hemos modelado con nuestras manos, aquello que hemos cuidado con desvelo. Cuando el principito haya asimilado esta enseñanza, podrá decirle a unas flores engreídas que se creen las más hermosas del mundo: «Sois bellas, pero estáis vacías. No se puede morir por vosotras. Sin duda que un transeúnte común creerá que mi rosa se os parece. Pero ella sola es más importante que todas vosotras, puesto que es ella la rosa a quien he regado. Puesto que es ella la rosa a quien abrigué con el biombo. Puesto que es ella la rosa cuyas orugas maté (salvo las dos o tres que se hicieron mariposas). Puesto que es ella la rosa a quien escuché quejarse, o alabarse, o aun algunas veces callarse. Puesto que ella es mi rosa».

La vocación literaria ha sido para mí esa rosa por la que se puede morir, la rosa que he regado cada día de mi vida y protegido de las orugas del desistimiento; la rosa a la que he amado con todas sus espinas, aunque cada día me haga sangrar. Y mi amor por ella ha sido a un tiempo abnegado y perseverante, como el amor conyugal, y también arrebatado y demente, como el amor de las aventuras juveniles. Creo que este amor insomne a mi vocación, en la que he visto a un tiempo a mi esposa y a mi amante, es el que me ha permitido mantener la tensión que el oficio de escritor exige, durante ya casi treinta años. La vocación literaria se ha convertido así en mi compromiso constante sin llegar a envilecerse nunca de rutina, alumbrada cada día por una ilusión nueva.

Y no es que hayan faltado momentos difíciles: en muchas noches hurtadas al sueño, o en mañanas sucias de esterilidad, me he peleado a gritos con mi vocación; y con frecuencia hemos acabado a tortazo limpio, haciéndonos todo tipo de llagas y descalabraduras. La he visto marchar de casa, como una amante despechada, o echarme de ella, como una madre desairada y feroz; y a veces nos ha durado el berrinche muchas semanas. Pelearse con la vocación literaria es llevar siempre las de perder: ella puede estar indefinidamente lejos de ti, contemplando alevosamente cómo te retuerces de rabia y de tedio, contemplando los estragos que su abandono te causa; pues, cuando ella me falta, me vuelvo un ser desnortado e iracundo al que le falta la rosa a la que ha encomendado su vida, la rosa que perfuma sus noches sedientas de Dios, sus días avariciosos de belleza. Y siempre acabo pidiéndole perdón, siempre acabo suplicándole de rodillas que vuelva a mí, para dejar que la riegue otra vez, que la proteja de la intemperie (aunque bien sé que puede sobrevivir sin mi calor), que me deje escucharla cuando se queja, cuando se alaba, incluso cuando calla y está como ausente. A veces pienso que este combate amoroso y cruel con mi vocación literaria no ha tenido sentido, y que todas las palabras que he escrito son una hojarasca que se pudrirá o se llevará el viento; otras, en cambio, mi vocación me llena de esa alegría matinal que debió de inundar a Adán y Eva antes del pecado, cuando se dedicaron a poner nombres a todas las bestias que poblaban el Edén. Cultivar la rosa de la vocación literaria es «estar furioso, áspero, tierno, liberal, esquivo, alentado, mortal, difunto, vivo, leal, traidor, cobarde y animoso», tal como Lope decía que era estar enamorado.

Pero ni siquiera cuando mi vocación literaria se vuelve un noviazgo exultante con las palabras se me escapa que he elegido un oficio en vías de extinción, o tal vez ya extinto, como el de peraile o el de sereno, en un mundo donde la literatura ha sido desterrada de las escuelas y la tecnología es una plaga de langosta que ciega las vías por las que la literatura penetra en nuestras almas. Un mundo en donde un escritor empieza a resultar un armatoste inservible; un mundo que concede a la vocación literaria el mismo valor que a las virginidades custodiadas hasta el tálamo. En un mundo así, casi nadie quiere la rosa por la que el escritor está dispuesto a morir; y, mientras esa rosa se va quedando mustia, el escritor tiene que resignarse a vender en la feria de las vanidades flores de invernadero, pálidas y sin fragancia, o incluso flores de trapo, de colores chillones y perfume nauseabundo, que son las que le brindan unas monedillas.

Pero cuando vuelvo a casa, después de vender flores de producción industrial, me reencuentro con mi rosa. Y entonces soy el hombre más consolado del mundo.