Los niños no se disculpan

Mi hermosa lavandería

Dice Manuela Carmena que no se trata de ganar las elecciones, sino de hacer las cosas bien. Eso suena a música en mis oídos porque si hay algo que no puedo soportar es ese momento, al parecer inevitable inmediatamente después de la jura de la Constitución, en que a un político se le olvida que está ahí para servir al ciudadano de todo pelaje y condición y no a los intereses de su partido, algo que tristemente tienen en común los políticos de todas de todas las ideologías. O al menos esa es la sensación que tenemos la mayoría de los españoles, que ya somos la colectividad en Europa, después de los italianos y los rumanos, que menor aprecio siente por su clase política.

Que después de los escupitajos, los improperios y las barbaridades de las pasadas semanas en las Cortes, el Congreso en pleno no haya pedido disculpas al conjunto de los españoles es algo que da mucho que pensar. ¿Qué va a ser lo próximo? ¿Navajazos? ¿Se van a retar en duelo? ¿Pero qué clase de gente es la que nos representa? ¿Es que los que han votado a los individuos de los salivazos aprueban esta mierda? ¿Por qué después del vergonzoso espectáculo no se levantaron todos los diputados y hasta los ujieres e hicieron algún gesto de repulsa? Se lo pregunto a uno de los diputados que estaba en el Congreso ese día y me dice que el que tenía que irse es el que se fue. Le digo que yo no estoy de acuerdo, que sinceramente, al margen de partidos, elecciones y cuotas, tienen que hacer algo como colectivo elegido por la gente. Un gesto, por pequeño que sea: algo que indique que conductas como esta no van a ser toleradas, no se repetirán. Un decreto que diga que el primero que levante la voz por encima de determinado número de decibelios se va a la calle y no vuelve. Algo. Se encoge de hombros. Dice que hay que pasar página. Es un hecho aislado. Luego, en la cafetería, la gente se saluda como si nada… «Ah -le digo-. Entonces ¿era un espectáculo de cara a la galería? ¿A sus votantes? ¿A quién? ¿A qué clase de cabestro le puede parecer bien que sus representantes políticos insulten, agredan y escupan?». Suspira. Yo también suspiro porque ya veo en él la opacidad profesional que, al parecer, otorga el cargo.

Acabamos pronto la conversación, que lo pone visiblemente nervioso. Sí, lo sé, nadie dijo que ser demócrata tuviera que ser agradable.

Volviendo a Carmena, también dice que los políticos españoles son simples, infantiles y teatrales. Y que si ella todavía ejerciera de jueza, los políticos catalanes no estarían en la cárcel en prisión preventiva. Todas las cosas que dice Carmena me parecen sumamente razonables y las comparto. Lo único que me deja perpleja es que en ningún momento de la entrevista hace el menor conato de autocrítica. Como si la única que hace las cosas bien fuera ella: es ahí donde se me dispara la alarma y pienso que no hay tanta diferencia entre ella y esos políticos españoles simples, infantiles y teatrales, porque si hay algo que caracteriza a un niño es que, motu proprio, no se va a disculpar nunca. Por nada.