Escotes de ayer, escotes de hoy

Pequeñas infamias

Le gustaba contar a José María Íñigo que allá por 1972, en plena era franquista, Rocío Jurado protagonizó uno de esos momentazos televisivos que quedan para la historia. Se arrancó a cantar envuelta en una larguísima capa que la cubría hasta los tobillos, pero, de pronto, pasados los primeros compases, su capa cayó, dejando a la vista un traje de noche con tal escotazo de vértigo que Íñigo comenzó a hiperventilar en directo. Acto seguido, la mujer de un ministro destacado del gobierno de Franco llamó indignada a los estudios del paseo de la Habana para que de inmediato se pusiera fin a tal ignominia. «¡A esa señorita se le ven hasta las intenciones, hagan algo!», dicen que dijo la iracunda. Íñigo nunca confirmó la veracidad de este punto, pero, sea como fuere, ya en la segunda canción la memorable delantera de la artista aparecía difuminada tras un casto chal de encaje. Aquello marcó un antes y un después en los anales de la televisión. La anatomía de la Jurado solo había podido vislumbrarse durante tres o cuatro minutos, pero, a partir de ese día, el velo del templo de la moral –o mejor dicho de la moralina– se rasgó de parte a parte dando paso a una nueva era. Fue el principio del fin de una censura de decenios que, tras la muerte de Franco, alumbraría la era del destape, a la de «mi cuerpo es mío», encarnada en otra escena también icónica. La de Susana Estrada mostrando sus poderes a Tierno Galván en una entrega de premios. «No vaya a constiparse», fue el comentario del circunspecto profesor cuando Susana le explicó que solo había sido «un desliz de pecho». «No hay que darle más vueltas», declararía más tarde ante la prensa. «Se me salió sin pensarlo y yo solo dejé hacer a los fotógrafos». Eran otros tiempos. Entonces los escotes, los destapes y el desnudo se consideraban un acto de libertad. «El único sujetador que me importa es el mental», le gustaba decir a Rocío Jurado cuando le preguntaban por la escenita del chal. Y eso que a ella no se la puede encuadrar entre las damas del destape. Tal vez sus vestidos fueran los más sexy, pero siempre prefirió mantener tapados lo que ella llamaba ‘sus misterios’. No así otras artistas, que hicieron del desnudo una bandera. Incluso una insignia política, porque entonces lo progre y lo feminista era destaparse. Como Marisol, que apareció desnuda y espléndida en la portada de Interviú en 1976. Sin embargo, recientemente, es decir, cuarenta y dos años después de su publicación, al periodista y profesor Juan Pablo Bellido le dieron tremendo disgusto a causa de tan célebre portada. Descubrió que le habían bloqueado su cuenta por colgar en su muro aquella foto mítica puesto que Facebook, en su política de censurar desnudos e imágenes con connotaciones sexuales evidentes, la consideró «poco apta». Algo similar está ocurriendo también en Televisión Española. Como en una paradigmática réplica de lo sucedido con Rocío Jurado en el 72, los responsables del Ente Público han dado a entender que la política de la casa con respecto a los escotes debe adaptarse a la «sensibilidad actual». Según ha recogido la prensa, la administradora única de Televisión Española, Rosa María Mateo, una confirmada feminista, desea hacer patente su búsqueda de la igualdad y del empoderamiento (cómo me carga este palabro, dicho sea de paso) de nosotras, las mujeres. Con este fin se tiene pensado alterar la imagen de los presentadores de la gala de fin de año, en especial el vestido de Anne Igartiburu y el tamaño de su escote. «Un gran escote –se ha dicho– no debe servir para que se ponga en cuestión la profesionalidad de la presentadora. Hay que demostrar que el trabajo de la señora Igartiburu está por encima de cualquier otro ámbito más superficial». Y yo me pregunto: ¿qué hace que una decidida feminista como Rosa María Mateo sintonice, cuarenta años más tarde, con el criterio de aquella señora de un ministro franquista? ¿Un vestido sexy la convierte a una en menos profesional? Personalmente sigo pensando que, entonces como ahora, mi cuerpo es mío y no necesito que nadie me diga cómo tengo que vestirme para ’empoderarme’. O, dicho en palabras de la Jurado: los únicos sostenes que me importan son los mentales.