‘El tiempo pervertido’

Animales de compañía

En su más reciente libro, El tiempo pervertido (Ediciones Akal), insiste Esteban Hernández en una idea que ya había avanzado en su anterior entrega, Los límites del deseo. Si queremos comprender la evolución del capitalismo, no debemos enredarnos en conceptos abstractos, sino descender a las realidades concretas que ha generado. Desde esta premisa, Hernández nos propone en la primera parte de su lúcido ensayo un análisis de la evolución durante las últimas décadas del capitalismo, que a través de sucesivas crisis y metamorfosis ha dado lugar a una mayor concentración de propiedad, recursos, poder e influencia en unas pocas manos. Para conseguirlo, el capitalismo repite periódicamente un mismo esquema: tras épocas de expansión que benefician (al menos aparentemente) a partes más amplias de la población, surgen otras de contracción, donde esos recursos son de nuevo canalizados hacia las élites plutocráticas. Este proceso parece haberse acelerado tras la última crisis económica, que ha servido para que el capitalismo idee nuevas argucias que le permiten vampirizar lo mismo el esfuerzo de trabajadores en precario (a los que hace creer que son ‘autónomos’ o, todavía con mayor recochineo, ‘emprendedores’) que los ahorros de las clases medias, lo mismo los recursos de los Estados que el tejido de pequeñas empresas que, si desean sobrevivir, necesitan resignarse a las condiciones leoninas (y extractivas) que les imponen las multinacionales que se sirven de la tecnología para extender sus tentáculos.

Así se ha configurado un modelo productivo que permite que muchas empresas (por lo general transnacionales y ‘deslocalizadas’) obtengan beneficio sin crear riqueza alguna, sino más bien derivando hacia sus manos la riqueza producida por otros. Inevitablemente, tal rapiña ha provocado una mayor precariedad: mientras los salarios se congelan o encogen, el coste de bienes tan básicos como el transporte, la electricidad o la vivienda aumenta; y los servicios públicos que hasta hace poco eran de acceso gratuito (como la educación o la sanidad) se convierten poco a poco en servicios de pago encubiertos (pensemos, por ejemplo, en la invención de los birriosos másteres universitarios). Hernández nos descubre que estas transformaciones nada tienen que ver con un debilitamiento del sistema capitalista como consecuencia de una crisis económica, sino más bien con un fortalecimiento del mismo. Ante esta situación, a juicio del autor, las divisiones ideológicas se han desdibujado. Existen una derecha y una izquierda establecidas que aceptan la revolución capitalista como una premisa constitutiva de la realidad que no se puede combatir (o incluso como una realidad gustosa que las mentalidades abiertas deben abrazar alborozadas, para no convertirse en reliquias de una época periclitada). La derecha, por un lado, reclama a sus adeptos sacrificios que supuestamente tendrán recompensa en tiempos venideros, mientras promueve reformas que robustecen la hoja de ruta del capitalismo global. La izquierda, por el otro, lejos de plantear resistencia, no discute estos cambios económicos, a la vez que engatusa a sus adeptos con el caramelito de una mayor «libertad en sus elecciones personales» (o sea, la libertad sexual que Huxley consideraba fundamental, para mantener sometidas a las muchedumbres).

Frente a la derecha y la izquierda establecidas que tratan de ‘conservar’ los avances del capitalismo surgen los populismos. Hernández es muy crítico con quienes en España encarnaron el populismo de izquierdas, que en lugar de enfrentarse a las mutaciones del capitalismo se ensimismaron en «el ajuste de cuentas con el pasado» o memorismos históricos y pusieron «en el centro de su diana al hombre blanco heterosexual de mediana edad, racista, machista y de clase media», presentándolo como una continuación ideológica del franquismo. Y se muestra muy escéptico ante un populismo de derechas que se ofrece farisaicamente como depositario de unos valores que deben preservarse y propone la vuelta al estado nación, como remedio contra el globalismo y su rosario de calamidades (empezando por los flujos migratorios descontrolados).

Hernández concluye su magnífico ensayo –muy ecuánime en su exposición, feroz en su trasfondo de denuncia– lanzando un apóstrofe a la generación presente y alertándola contra la pretensión del capitalismo de «fragmentar y provocar el enfrentamiento» entre quienes lo resisten, en lo que coincide con el Daniel Bernabé de La trampa de la diversidad, que ya hemos comentado en estas mismas páginas. Sólo un ‘nosotros’ integrador podrá presentar batalla a esta revolución plutocrática.

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