Tú me comprendes, ¿verdad?

Pequeñas infamias

¿Se imaginan a Hitler y un par de párrafos de su Mein kampf figurando con honores en una prestigiosa y muy políticamente correcta publicación feminista? Pues no hace falta que se lo imaginen porque ha ocurrido ya. El texto en cuestión bien podría haber aparecido también en una reputada revista académica dedicada a luchar contra el racismo y la xenofobia, porque lo que descubrieron tres profesores universitarios fue que siempre que lo que uno escriba esté en línea con el ‘pensamiento actual’ no solo es posible que le publiquen cualquier tipo de disparate, sino que también lo eleven a los altares académicos. Rebobinemos ahora para contar que hace unos años tres profesores universitarios, Peter Boghossian, Helen Pluckrose y James Lindsay, decidieron exponer la realidad de lo que ellos llaman «estudios de agravios o quejas», escritos académicos que, en su opinión, están corrompiendo las investigaciones universitarias. Para hacerlo, se dedicaron a escribir artículos en los que se defendían verdaderos dislates que enviaron luego a importantes publicaciones dedicadas a los siguientes temas: estudios de género, teoría crítica de la raza, también de la diversidad sexual y de otras áreas políticamente aceptables. Así, se dieron cuenta de que la actual división de la sociedad en grupos de oprimidos y opresores, muy paradójicamente, da carta blanca para publicar alegatos increíblemente racistas y sexistas siempre y cuando se elija bien la raza o el sexo a los que se quiere denostar. Por ejemplo, en el antes mencionado caso de Mein Kampf, bastó con cambiar la palabra ‘judío’ por el concepto ‘hombre blanco’ para colar esta frase del Führer: «[…] Si no erradicamos al hombre blanco pronto celebraremos el funeral de la humanidad». En otro artículo llamado Reacciones humanas a la cultura de la violación y performatividad en parques urbanos para perros (sic) se sostenía que, para que el feminismo acabara de una vez por todas con las violaciones, había que educar a los hombres igual que si fueran mascotas. Este paper universitario –que fue recibido con enorme entusiasmo hasta el punto de recomendar que a sus autores se les extendiera la beca y se les concediera algún premio– contó sin embargo con un pequeño reproche por parte de los responsables de la acreditadísima revista al que fue enviado: se lamentaba que tal vez, al realizar su estudio, los autores hubieran violentado a las mascotas examinando sus genitales. Por su parte, Entrando por la puerta de atrás, otra original propuesta para luchar contra la homohisteria y la transhisteria masculina, proponía que a partir de ahora los hombres blancos heterosexuales se autopenetrasen con consoladores, una práctica que, con toda seguridad, los volvería menos homofóbicos y más feministas al comprobar en sus carnes los horrores de la violación. Veinte estudios de este tipo lograron publicar los tres profesores hasta que, por fin, uno de sus delirantes trabajos publicado en el Journal of Feminist Geography llamó la atención de alguien que empezó a sospechar de que tal vez, quizá, quién sabe, se tratara de una broma. Boghossian, Pluckrose y Lindsay explicaron entonces que su intención era dar un toque de atención, abogar por que de ahí en adelante las universidades acometieran una revisión exhaustiva de aquello que se publica en el campo de las humanidades, las ciencias sociales y la antropología. Y puestos a revisar, ¿por qué no extenderlo también a otras áreas académicas en las que la corrección política acaba dando por buenos no pocos disparates? ¿Y qué creen que pasó entonces? ¿Que las sesudas y prestigiosas publicaciones académicas pidieron disculpas, entonaron el mea culpa, prometieron enmienda? No, señor. Lo único que ocurrió fue que los tres profesores cayeron en el más negro ostracismo. Todos sus colegas comenzaron a esquivarlos por miedo a ser considerados unos machistas y/o unos fascistas reaccionarios. O dicho en palabras de un buen amigo de Lindsay: «Chico, perdona, ellos saben que los habéis cogido bien cogidos, pero los que están de acuerdo con vosotros, yo incluido, estamos demasiado asustados como para decirlo en voz alta. ¿Tú me comprendes, verdad?».