Todos los países son imaginarios

Mi hermosa lavandería

Hay un lago entre Toulouse y Carcasonne cuyas orillas están repartidas: en las de un lado se aposentan más los habitantes de Toulouse y en el otro, la gente de Carcasonne. Si un viajero llega desde otra región, no encontrará diferencia alguna ni en la gente ni en la vegetación ni en el agua, ni siquiera en el tono con el que ambas comunidades hablan de ‘su’ lago. En recorrer el perímetro del lago, que está insólitamente bajo a pesar de las lluvias torrenciales de los últimos meses, se tarda aproximadamente una hora y media a velocidad de paseo. Y eso he hecho cada día estas últimas Navidades: es un paseo agradable y poco transitado en las mañanas de bruma, que son mis preferidas. El agua del lago y la niebla se juntan y no se distingue dónde empieza una y dónde acaba la otra. Luego, cuando algún rayo de sol se asoma con timidez, tienes la impresión de ver un cuadro de Turner en vivo. Hay escuadrones de estorninos que aparecen de repente y atraviesan el aire como si fueran trazos de caligrafía japonesa.

Disfruto mucho con este paseo matinal que me vacía la cabeza de tensión, temor y preocupaciones. La sensación de descabalgar por un rato del mundo y sus problemas es necesaria, aunque sepas que el mundo y sus problemas están agazapados tras cualquier matorral, como un cobrador del frac implacable que no te va a dar tregua jamás por mucho que insistas en que has pagado todas tus deudas. Muchas veces, durante este paseo tengo epifanías que al coger el coche de vuelta a casa se me antojan completamente irrelevantes. Esta última mañana del año, una idea absurda se apoderó de mí, cercana a la sensación de dejà vu o casi. Mientras me detenía, hipnotizada por los colores indefinibles del agua y la bruma juntos, sentí que este lago y esta bruma y este camino podían ser otro lago y otra bruma y otro camino en otro lugar a miles de kilómetros de allí. Sentí que lo que dotaba de sentido (si es que hay algo que lo tenga) espacial a mi experiencia de estar allí era únicamente mi certeza de que yo y el lago estábamos donde estábamos porque así lo habíamos decidido, tal y como los habitantes de Carcassone están convencidos de que los de Toulouse se bañan en un lago que les pertenece a ellos. Por un momento sentí como una evidencia que todos los países son imaginarios, y la imaginación a veces nos juega muy malas pasadas. Conduciendo de vuelta a casa, escuché a todo volumen a Nick Cave cantando Dig, Lazarus, dig concentrándome en las palabras «Lazarus, dig yourself. Lazarus, dig yourself» (‘Lázaro, entiérrate a ti mismo’) y en «el nido construido con grandes esperanzas y aire liviano». A ver qué epifanía me tiene preparada el lago mañana.