Nos gustan los platos

Reinos de humo

No soy muy dado a las asociaciones ni a las militancias de carné porque enseguida empiezo a encontrarle peguitas a las cosas o, no pocas veces, ruedas de molino para comulgar. Entro por la puerta con toda la ilusión del mundo, pero me desinflo tan rápido como una tortilla francesa lejos del fuego. Les confieso que, sin embargo, estoy por volver a intentarlo de nuevo y hacerme del grupo reivindicativo ese que se hace llamar We Want Plates (creo que con el nivel de inglés que ya hemos adquirido en España, que hasta el presidente del Gobierno lo habla con fluidez, no hace falta traducir) y que clama para que la creatividad de sus excelencias los cocineros no se salga del tiesto, perdón, del plato, y no nos echen de comer en tablas de patinete, construcciones de lego, papeles de carnicería, directamente en la mesa y otras cochinerías varias. Recientemente me acaba de ocurrir con unas creativas maderas hinchadas por la humedad de la pila de fregar. No es lo más grave ni lo más divertido, pero es mi gota que colma el vaso. Se acabó. Hasta ahora llevaba tiempo entre cabreado y divertido desde que el cocinero Peter Maria Schnurr empezó a servir el postre en una chancleta. Al menos tenía la chispa de que no era idea de un español, sino de un alemán. Un chef de la venerable ciudad de Leipzig con dos estrellas Michelin llenando de arena comestible una chancleta de goma azul y poniendo encima dos bolas verdes rellenas de sorbete de frambuesa. Un claro homenaje a Mallorca, pensé, el cocinero tratando de despertar los recuerdos felices de todos sus clientes. Aquello me tranquilizó.