La maldición de Nochevieja

Mi hermosa lavandería

Cada fin de año, desde que mi memoria alcanza, tengo la misma sensación de extrañeza inmediatamente después de las doce campanadas: ¿por qué tanta gente siente la imperiosa necesidad de abrazarse y besarse y desearse feliz año?, ¿por qué hasta la panadera que no te puede tragar desde que le dijiste que se había equivocado dándote el cambio (¡y de diez euros!) te desea feliz salida y entrada de año? ¿Qué tiene esa fecha que hace que todos tengamos que sentirnos, querámoslo o no, expectantes, conciliadores, benévolos y con el corazón henchido de amor por el prójimo? ¿Y por qué algunos –sé, afortunadamente, que no soy la única– nos sentimos como androides recién salidos de fábrica que imitan la conducta de los seres humanos, incluso sobreactuando con abrazos con una efusividad que no llegamos a sentir? La maldita Nochevieja, con sus campanadas, sus copas, su confeti, sus gorritos, y sus fotos de grupo subidas a Instagram, con corazones, lluvia de estrellas y emojis de fuegos artificiales, ha hecho más daño en la psique humana que todos los millones de artículos en la prensa española y en la Red sobre si Pedroche debería llevar taparrabos, mono de astronauta o nada.

Pero volvamos a nosotros, a los que sentimos pavor ante el 31 de diciembre cada año, todos los años: ahí nos tienen, atragantándonos con las uvas, que siempre se me atraviesan; repartiendo besos y abrazos, con una sonrisa forzada; pronunciando las palabras malditas. «Feliz año». Bebiendo como si no hubiera un mañana, para olvidar que el tiempo pasa inexorablemente y que celebrarlo con ese fervor desmedido no tiene el menor sentido.

Cada fin de año que he pasado sin campanadas, sin uvas y hasta sin darme cuenta de que el año pasaba ha sido una auténtica bendición. En Japón comen albóndigas de pulpo y van a los templos a pedir cosas para el año que viene, dando tres palmadas y tocando una campana. Al menos, las albóndigas están buenas y nadie se abraza. Y en las colas de los templos te dan tazas de caldo. Cuando llega tu turno de pedir algo, no sabes muy bien qué pedir porque sientes el ridículo de la situación: una occidental en un templo de una deidad de la que no sabe ni pronunciar el nombre, dando tres torpes palmadas y soltándole unos yenes al guardián para que transmita unos deseos que no puede ni formular. ¿Salud, dinero, amor? ¿Es eso realmente lo que deseas?

Recuerdo un fin de año en un pueblo de la Gomera donde no tenían costumbre de celebrarlo y hubo un apagón esa noche, con lo que a las nueve ya estaba todo el mundo en la cama, después de comer pan y queso, porque no se podía cocinar.

Yo no es que le desee mal a nadie (en fin, a unos cuantos sí, no nos engañemos), pero es que me cuesta hasta escribir en un mail irrelevante eso de «feliz año». Puedo desear un año aventurero, estimulante, creativo… un año curioso, diferente, rico en experiencias y hasta sabroso. Pero feliz… pues no, oiga, no me sale de mí, por mucho que me fuerce a escribirlo y hasta que me fuerce a desearlo. Lo que me sale del fondo del alma es decir algo así como: «¿Cómo voy a desearte un feliz año si el que viene va a ser otro año perdido en la lucha contra el calentamiento global?». Pero nadie quiere ser un aguafiestas y mucho menos yo, así que: «¡Muy feliz año!»