Palabras huecas (pero resultonas)

Pequeñas infamias

No hace mucho, Ana, una amiga muy querida, me contó el intercambio de correos electrónicos que mantuvo con sus consuegros después del nacimiento del primer nieto en común. El bebé no había llegado al mundo con un pan bajo el brazo precisamente. Sus padres estaban ambos en el paro y el niño nació con una enfermedad congénita que requería un largo y costoso tratamiento. Ana escribió a sus consuegros, que viven en los Estados Unidos, dando cuenta de lo sucedido, y ellos respondieron a vuelta de correo que en efecto «[…] parecería que esto, más que una problemática, es un gran reto en el que sin duda necesitarán todo nuestro apoyo». Mi amiga se quedó muy contenta pensando que sus consuegros colaborarían económicamente al igual que pensaba hacer ella para solventar la situación. Al fin y al cabo, aunque el correo estaba escrito en inglés, sin duda la palabra support (‘apoyo’) no dejaba lugar a dudas. Pero pasaron los días, las semanas y los meses y el único ‘apoyo’ que recibieron los nuevos padres y su bebé enfermo fue el que mi amiga pudo aportar hipotecando su casa. Volvió a escribir a sus consuegros, por si había habido algún contratiempo o malentendido, y el dinero estaba ya de camino. Pero recibió un correo de su consuegro, muy sorprendido, en el que le explicaba que hacía más de un mes que se había puesto en contacto con su hijo y nuera para decirles que tenían todo su support (‘apoyo’), así como también sus prayers (‘oraciones’). Fue de este modo como mi amiga descubrió los matices, por no decir las trampas, del lenguaje moderno, en el que nada quiere decir exactamente lo que uno cree. Según esta nueva forma de expresarse, en algunos casos se cargan las tintas mientras que en otros se recurre a eufemismos para no llamar a las cosas por su nombre. Por ejemplo, a los problemas, sobre todo si son menores, se los llama ‘problemáticas’, que suena más enjundioso, supongo, pero, en cambio, si las dificultades son realmente grandes y complejas se prefiere llamarlas ‘retos’, como si por el simple hecho de cambiarles de nombre, abracadabra, los escollos se volvieran más fáciles de solventar. En cuanto a la palabra ‘apoyo’, hace mucho que aprendí, por suerte no de modo tan dramático como mi amiga Ana, que hay una diferencia notable entre ayuda y apoyo. Ingenuamente uno piensa que deben de ser palabras más o menos sinónimas, pero basta con buscar en las redes u observar cómo utilizan políticos, influencers y famosos de todo pelaje uno y otro término para darse cuenta de que no lo son en absoluto. El significado de ‘ayuda’ sigue siendo el que recoge el diccionario: «acción de ayudar, contribuir a que ocurra o se haga o se consiga cierta cosa». ‘Apoyo’, en cambio, es una muletilla muy resultona que se usa porque queda bien y no compromete a nada. Enciende uno un mecherito en una manifestación y con eso ya está apoyando la paz mundial; se tira uno un cubo de agua helada por la cabeza y apoya la lucha contra el ELA; se fotografía uno en bolas con un cartel que diga: «Mejor desnudo que en cueros», y contribuye a la causa animalista. En este mundo de gestos y selfis en el que vivimos no hace falta hacer, actuar o ayudar, basta con invocar una de esas palabras mágicas, que parece que son y no son nada, para quedar como los ángeles. He aquí los matices del lenguaje de hoy en día y mi amiga Ana los aprendió de la manera más dura, cuando tuvo que hipotecarse para ayudar al nieto que estuvo enfermo. Han pasado los años, Javi, que así se llama el niño, tiene ahora diez años, se ha curado por completo y está muy unido a ella. A sus otros abuelos, en cambio, hace añares que no los ve, a pesar de los muchos esfuerzos que últimamente hacen por congraciarse con él y mandarle carísimos regalos. Pero, como dice Ana, que ya ha aprendido todas las jerigonzas del lenguaje actual: «La problemática de Javi es que, entre usar días de sus vacaciones en visitar a unos abuelos que le traen al fresco y el reto de quedarse una o dos o semanas sin ver a su familia y a sus compis, no le hace falta mucha ayuda, ni tampoco apoyo –sonríe divertida Ana–, para decidir qué prefiere».