¿Y qué pensaría Martin Luther King?

Mi hermosa lavandería

Ante la inminencia del juicio a los políticos presos, arrecian los tambores de guerra de la admirable campaña internacional de relaciones públicas que el statu quo independentista lleva organizando con el dinero de todos los catalanes, lo queramos o no. Son muchos años de lobby destinados a ridiculizar, desprestigiar, machacar y anular al Estado español y a todos los que como yo no comulgamos con las ruedas de molino de su república imaginaria. Desde Joan Baez hasta Ai Weiwei, pasando por Angela Davis y el Pen Club, el Gobierno catalán ha convencido a multitud de personalidades internacionales de reconocido prestigio de que aquí vivimos en un país esclavizado, oprimido y antidemocrático donde no se respeta la lengua catalana ni el hecho diferencial ni la cultura catalana ni a los catalanes, a los que poco falta, de hacer caso a la imagen que les están vendiendo a las susodichas y bienintencionadas personalidades, que nos pongan grilletes nada más salir de casa. Cada vez que leo las declaraciones de alguien a quien admiro, como Angela Davis o Ai Weiwei, siento una mezcla de estupor y tristeza: me causa estupor que les hayan vendido la moto tan fácilmente y tristeza que a gente coherente como ellos no se les haya ocurrido contrastar los hechos que sus anfitriones tan elocuentemente les deben de haber contado. Confieso que al leer las declaraciones de un informe del Pen Club, en mi inocencia, pensé que se referían, al hablar de «contraer el espacio para opiniones disidentes», a los que nos atrevemos a disentir del discurso impuesto en estos pagos, pero rápidamente me di cuenta de mi error: se refieren a lo suyo, a lo de siempre, porque para eso existe un Pen club català que les explica a sus homólogos americanos las indignidades de ese espacio contrahecho y asfixiante en el que se ven obligados a existir.

No sé quién ha escrito el informe, pero desde aquí ya afirmo que no es que sea fake news: es, lisa y llanamente, mentira. Y cualquiera con dos dedos de frente y que esté mínimamente despierto y sobrio puede darse cuenta de que lo que ocurre es justamente lo contrario: que somos los disidentes los que estamos expulsados del espacio público y de todas las manifestaciones culturales, sociales y políticas promovidas por el Gobierno catalán, que somos ciudadanos de segunda categoría en nuestra tierra, que se nos tolera con el desdén reservado a los niños díscolos a los que siempre hay que dar un par de azotes, que se nos califica de «fascistas exaltados» por aquellos que tienen auténtico comportamiento de fascista exaltado.

Es lastimoso que cada dos por tres haya que recordar que España es un país democrático, con una Constitución que costó sangre, sudor y lágrimas y que el sector independentista está constantemente amenazando esta democracia con insultos, proclamas, manifestaciones y continuas faltas de respeto al juego democrático. Que, como maestros del populismo, estén aupando a la extrema derecha española es ya la amarga guinda de este pastel de odio en que quieren convertir la vida de los que lo único que queremos es vivir libres y en paz.

La última jugada maestra es colocar a Torra, presidente de rebote del Gobierno catalán, alguien que tiene todas las características, el comportamiento y las palabras de un político sumamente racista, dando una conferencia en el Instituto Martin Luther King. Chapeau! Son hábiles, astutos y comprendo que la estampa de «pueblo oprimido» es sumamente fotogénica. Sólo pido a quien quiera escucharme, de aquí, de allá o de donde sea, que indague, que pregunte y que contraste. Y luego hacemos un informe. O mil.