Gestos que lo dicen todo

Pequeñas infamias

Un guionista de culebrones me explicó un día que hay dos argumentos clásicos que pueden plagiarse hasta la náusea y siempre funcionan. Uno es El conde de Montecristo, es decir, la historia de alguien que es injustamente encarcelado (variantes de esta situación pueden ser: expulsado de su trabajo, arruinado, desheredado, expoliado malvadamente, etcétera) que, al cabo de los años, resurge convertido en un misterioso e importante personaje dispuesto a vengarse de quien le arrebató lo suyo. El otro argumento, más exitoso e infalible aún, es el de la Cenicienta. Cenicienta son, por ejemplo, Pretty woman, también Betty la fea o la protagonista de Cincuenta sombras de Grey, así como incontables heroínas de novela rosa. Pero tampoco la gran literatura está falta de Cenicientas, porque qué otra cosa son si no las protagonistas de Orgullo y prejuicio, Sentido y sensibilidad o Jane Eyre. Si funciona tan bien en literatura es porque este arquetipo fascina también en la vida real y –mal que nos pese a las mujeres que pretendemos poner en valor otros talentos de nuestras congéneres– el casarse ‘bien’ sigue considerándose un rotundo éxito femenino. Cada día se admira más a quien lo consigue, supongo que promocionado por las revistas de chismes, los medios de comunicación y ese enorme patio de vecinas que es Internet, en el que la norma es ensalzar, jalear y elevar a los altares los ‘valores’ –llamémoslos así– más facilones y carentes de mérito de la sociedad. Quienes han estudiado el arquetipo de la Cenicienta dicen que su fascinación obedece a dos razones. La primera, que con él se rompen las barreras sociales y cualquiera puede ser Cenicienta (o Ceniciento). La segunda es que no hace falta ser muy inteligente, tampoco tener formación alguna, ni un aspecto físico despampanante, como bien puede comprobarse al ver algunos y algunas de los recién llegados a este exitoso club. ¿Será por eso que Meghan Markle ha sido la persona más buscada en Google en 2018? Evidente que sí. Tiene todos los condicionantes para encarnar tan infalible arquetipo. Divorciada, hecha a sí misma, de extracción humilde y, además, mulata, lo que añade un interesante y posmoderno plus al relato. Como yo tampoco soy del todo inmune a este tipo de historia, me interesó mucho observar su aterrizaje en las cortes del Saint James. Comprobar, por ejemplo, lo bien que empleaba sus dotes de actriz para encarnar a la perfecta princesita de cuento. Fue ponerse en el dedo su anillo de compromiso, confeccionado con diamantes que pertenecieron a Lady Di, y Meghan pasó de un día para otro de minifaldas de vértigo a recatados vestiditos midi; de cruzar las piernas como hace todo el mundo a la incomodísima pero muy royal postura de cruzar los tobillos; de ser animalista declarada y usar vaqueros veganos a cazar el zorro. Y tan convincente ha sido su actuación que se ha convertido en el miembro más popular de la familia, la más fotografiada, la más admirada y elegante, muy por delante de su cuñada Catalina, a la que algunos pasaron a llamar Boring Kate. Y da igual que cinco ayudantes hayan dimitido cansados de los infinitos caprichos de la recién llegada. Da igual que tenga un genio de mil demonios que parece rechiflar a su marido y desesperar al resto de la familia (incluida la suya propia, con la que apenas se trata). Son las prerrogativas de las Cenicientas; mientras gocen del fervor popular y la gente las adore, el hechizo perdura y nadie se da cuenta de que su carroza (y ella misma) es una calabaza. Por cierto, hablando de objetos redondos y rotundos. ¿No podrían los responsables de protocolo que la asisten explicarle que es una facha y un modo bastante infantil de proclamar a los vientos que ha pescado un príncipe ir todo el rato acariciando y sobando su panza premamá en público? Sospecho que se lo habrán advertido mil veces, pero hay gestos que lo dicen todo. Y para mí este lo que dice es que, después de unos meses de jugar a la princesita de cuento y plegarse, muy dócil ella, al estricto protocolo real, ahora que es el miembro más popular de la familia empezará a hacer las cosas a su manera. Me da pena la reina, la verdad. A los noventa y tres años no está una para un nuevo annus horribilis.