Mientras desayuno un domingo

Pequeñas infamias

Leer los periódicos se ha convertido en un reto para la salud. Se levanta una temprano, pongamos un domingo, se sienta a desayunar con dos o tres diarios (siempre de papel, soy de la vieja escuela) y al minuto se le atraganta la tostada. Como cada mañana, por otra parte. Porque, sea domingo o cualquier otro día, para mí la desolación empieza mientras hago gimnasia y me ducho escuchando la radio, de modo que llego a la mesa sabiendo todo lo que dirán los periódicos. Aun así y tostada en mano los leo disciplinadamente, mitad por romanticismo y solidaridad con el gremio, mitad por saber qué interpretación hacen los columnistas de los hechos ocurridos la víspera. Y me intereso tanto por lo que dicen los comentaristas a los que admiro como los que no soporto porque, por desgracia, hoy en día la opinión de los menos talentosos es la que suele coincidir con el sentir general. Así que aquí me tienen un domingo más avanzando en la lectura y con grandes dificultades para evitar que, con el estupor, la quijada me caiga hasta el piso, lo que no es muy estético ni siquiera cuando una desayuna sola. Empiezo por las páginas de Internacional para enterarme de cuál es el nuevo dislate de Trump; a continuación me intereso por ver cómo los ingleses acaban de hacerse el harakiri con el brexit. Un poco más adelante les toca el turno a los populistas y xenófobos: que si Bolsonaro en Brasil, Salvini en Italia, Le Pen en Francia, el AfD en Alemania –formación que se ha convertido en la primera fuerza opositora en el Parlamento–, y no sigo porque la lista empieza a ser aterradoramente larga. Y qué decir de las páginas dedicadas a las noticias nacionales, si son de traca. Entre las genuflexiones de Sánchez ante los indepes, los delirios y soflamas de todos ellos y el inminente juicio a los políticos presos con sus imprevisibles consecuencias necesito tomarme por lo menos medio litro de manzanilla. Y eso que aún no he llegado a las páginas dedicadas a las escuchas de Villarejo o las que recogen el nuevo capítulo del carajal en que se han convertido los diversos partidos políticos. Si antes eran dos mayoritarios, ahora son cinco con vocación nacional e infinitos de ámbito autonómico, por lo que necesariamente han de andar a gresca diaria disputándose hasta la más ínfima parcelita de poder. Pero yo no me rindo y continúo leyendo. Intento refugiarme en las páginas de Economía, por si hubiera alguna noticia positiva, pero salgo ‘escopeteada’ de allí por razones obvias. Cultura, me digo, seguro que en esa sección encuentro algo esperanzador o al menos agradable, pero entonces me topo con este titular: «Sotheby’s saca a subasta monopatines a un millón de euros». Miro la foto y veo que el artista Kaws ha copiado fragmentos de La última cena, de Leonardo, los ha pegado sobre una tabla de monopatín y ahora se venden a ese bonito precio. Y si a usted no le gusta el tal Kaws, también puede comprarse uno diseñado por Damien Hirst o Jeff Koons, sí, ya sabe, ese genio que vende perros salchicha de vinilo, alguno de ellos por la módica cantidad de 58 millones de dólares (exacto, han leído bien). Cuando acabo con esta noticia, ya no me quedan ganas de hacer los honores al par de churros con los que pensaba arruinar mi dieta saludable, pero aun así no me doy por vencida. Abro con expectación las páginas dedicadas a largos reportajes. El de hoy trata de Educación y, en concreto, de si se debe castigar o no a los niños. «Error garrafal –coinciden todos los expertos–. Si un niño, por ejemplo, monta un pollo de colores porque no quiere ir al cole, lo pedagógico es dejarlo a su aire. La criatura está aprendiendo a gestionar sus emociones, no es nada personal». Aquí es cuando abandono la mesa de desayuno, vuelvo a la cama, me atrinchero allí y me niego a asomar ni la cabeza. Hoy es domingo y puedo recurrir a la misma táctica que ese nene malcriado, pero mañana es lunes y ¿qué demonios hago?