Asnos bilingües

Animales de compañía

Hace poco fui invitado por los profesores de un instituto de Torre Pacheco a impartir una charla a los alumnos de bachillerato. En algún momento de mi intervención me permití algunas ironías contra la ‘educación bilingüe’. Y, para mi sorpresa, me tropecé con la complicidad alborozada de los chavales. Luego me fui a comer con los hospitalarios y amabilísimos profesores del instituto. Durante la sobremesa, volvió a salir el asunto de la fiebre del bilingüismo y pude comprobar que todos ellos eran contrarios a esta lamentable práctica educativa. Y me marché de Torre Pacheco pensando: «Si a los chavales no les gusta que les expliquen la biología o la geografía en inglés y a sus profesores tampoco, ¿quién sostiene este invento calamitoso?».

Por supuesto, cuando hablo de bilingüismo no me refiero al propio de tierras como Cataluña, donde conviven la lengua castellana con la propia del país (y aclaro, antes de que las hienas empiecen a lanzar sus dentelladas, que utilizo la palabra sin intenciones políticas); pues este bilingüismo lo considero muy sano y constitutivo del carácter hispánico. Me refiero, naturalmente, a esa infausta moda consistente en otorgar el mismo estatuto a una lengua foránea (que siempre es, por supuesto, el inglés) y a la lengua materna, con la pretensión de que los alumnos empleen con la misma desenvoltura una y otra. Esto es una aberración completa, pues las lenguas maternas son el alma que constituye a los pueblos; mientras que las lenguas adquiridas son conocimientos que incorporamos por razones instrumentales. Hablamos en inglés por necesidad profesional, o por imposición de circunstancias sobrevenidas; hablamos en nuestra lengua materna porque necesitamos expresar nuestros anhelos y sentimientos más hondos. Las lenguas maternas son, en fin, el meollo de nuestra genealogía espiritual, el vehículo a través del cual formamos nuestras estructuras de pensamiento, el cauce a través del cual expresamos nuestras creencias más hondas, nuestros afectos más verdaderos, nuestros juicios sobre la realidad. Equiparar una lengua materna con una lengua de uso instrumental es un completo dislate, que sólo contribuye a rebajar la consideración que merecen las lenguas maternas como forma de expresión de nuestra identidad. Así se explica que muchos niños y jóvenes hablen un español rudimentario con el que ya no pueden expresar reflexiones elaboradas.

Esta introducción del bilingüismo en la escuela obedece a la admiración palurda que nuestra clase política profesa a todo lo que huela a anglosajón; y, por supuesto, a los intereses plutocráticos, que han impuesto el inglés como koiné o lengua franca universal (de tal modo que se pueda desplazar geográficamente a los trabajadores al antojo del Dinero). No entraremos a discutir si el aprendizaje del inglés mejora las posibilidades laborales de un joven: en muchos casos, sin duda, lo hará; pero sospecho que en otros más bien facilitará su desarraigo. Naturalmente, nos parece de perlas que nuestros jóvenes aprendan lenguas foráneas (y no sólo el inglés, por cierto); pero lo que se nos antoja un completo dislate es que los obliguen a estudiar en inglés disciplinas fundamentales para su formación. ¿Qué sentido tiene explicar en inglés la polinización de las plantas o la formación de los continentes? El profesor tendrá que gastar tiempo y energías para explicar un vocabulario abstruso (estambres y pistilos, orogénesis y fallas tectónicas), con la consiguiente rebaja del nivel de conocimientos transmitidos. Al final del curso, sus alumnos no habrán aprendido nada de geografía ni de biología; y, en cambio, tendrán la cabeza llena de palabros absurdos que olvidarán a los pocos meses, por falta de uso. Tal vez esos alumnos lleguen a chapurrear un inglés comanche; pero serán unos perfectos indocumentados en las disciplinas que les enseñaron en esta lengua. Y todo ello mientras el conocimiento de su lengua materna se deteriora.

Y no podemos dejar de considerar la vejación innecesaria que se inflige a los profesores. Al profesor que enseña Matemáticas o Historia debe exigírsele que explique con competencia la Revolución Francesa o los números primos. Y no entendemos la razón por la que un óptimo profesor de Matemáticas o Historia deba ser sustituido por un mediocre profesor que, sin embargo, habla estupendamente inglés. Preocupémonos de que nuestras escuelas tengan óptimos profesores de inglés (y también de otras lenguas extranjeras); pero dejemos que el aprendizaje de todas las demás disciplinas sea en la lengua materna. De lo contrario, no haremos sino formar asnos bilingües; y, por añadidura, humillar a quienes podrían desasnarlos.

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