El hombre y la tierra

Reinos de humo

Las paradojas del hombre blanco no me dejan descansar. A medida que nos volvemos más urbanitas, el campo, los pueblos, la naturaleza y todo aquello que vamos abandonando sin remisión se vuelve ideológicamente más importante. El principal combustible conceptual de las ciudades contemporáneas se carga de sentido en territorios despoblados. Ideas y etiquetas tan poderosas como ‘sostenible’, ‘bio’, ‘puro’, ‘auténtico’, ‘respirable’… se inspiran en la vida entre jaras y robles, pero se instalan en las ciudades, como tantos españolitos en los años cincuenta. Es como si todo lo brillante y sabroso que se produce en una tierra se exportara a la ciudad y el lugar donde se ha gestado quedara yermo como una higuera en enero. Los agricultores envejecen lentamente y desaparecen en silencio tan lejos de los centros productores de titulares que no llaman la atención de casi nadie. Y mientras, en las anchas vías de asfalto y aire acondicionado, las palabras que se multiplican por sus fibras de vidrio y sus redes de 4G solo hablan de Franco, de derechas y de izquierdas, con ese plural que en este país rememora tiempos previos a las pistolas al cinto. Leo, todavía sin tiempo para profundizar en su bondad, que el Parlamento Europeo ha aprobado una directiva para proteger a los agricultores y cooperativas agrarias frente a las prácticas comerciales desleales y en defensa de una cadena alimentaria más justa. Como las cosas en palacio van despacio, tardará 36 meses en entrar en vigor en todo el territorio de la UE. Esperemos que para entonces aún nos queden vidas y campos que proteger. Al menos la noticia me calmará la conciencia hasta mañana.