¿Qué debe hacer un buen médico?

Mi hermosa lavandería

Llegamos a su consulta cansados. Es viernes por la tarde: ese momento fatídico donde todos los avatares de la semana se dejan caer como un plomo sobre nuestros hombros y lo único que secretamente deseamos es tirarnos en el sofá en un semicoma etílico y mirar fijamente el televisor sin importarnos si está encendido o apagado. En la sala de espera dormita un chaval con su madre, que hojea una de esas revistas ajadas de las consultas de los médicos, que en la portada muestran una boda, cuyos contrayentes hace años que se divorciaron. Es una de esas consultas con varios despachos, cuya atroz frialdad aceptamos con resignación, como una antesala de algo ominoso y terrible que quizá nos espera tras las puertas A, B, C o 14A. Tras unos veinte minutos, el doctor nos hace entrar. Hace más o menos veinte años que Luis Torres Palacín no sólo me atiende a mí, sino a toda mi familia como médico de cabecera y, cada vez que lo vemos, su calidez nos hace olvidar la habitual frialdad del metacrilato y la madera falsa de la decoración de las consultas por las que ha pasado. Contarle nuestras cuitas de salud siempre conlleva contarle cómo nos va la vida y de ahí salen los vínculos que él siempre establece entre el corazón (o los riñones o la piel o los ganglios) y la cabeza. Encontrar un médico que te escucha con atención y que desbroza pacientemente la raíz de lo que nos pasa, sin inmediatamente escribir mil y un volantes para otras tantas pruebas, es hoy en día un milagro. El acercamiento humanista y holístico que instintivamente realiza este doctor es el reverso de lo que parace ser el denominador común de la práctica médica cada vez más enfocada a los mil y un test, a las mil y una pruebas, a las tropecientas pastillas. Es una manera de mirar la medicina tranquilizadora, nunca culpabilizadora. Constructiva, humana, serena, amable y, por encima de todas las cosas, empática: el médico se convierte entonces en un interlocutor que no se coloca por encima de ti, como el arcano que posee todos los secretos de un cuerpo que es tuyo pero que a veces sientes que no te pertenece o te aterra que te pertenezca, sino a tu lado. Muchas veces hay médicos que juegan con nuestro miedo para generar una confianza ciega que aceptaría a pies juntillas lo que fuera, con tal de tener la seguridad de un diagnóstico, aunque fuera tremendo. Y otras veces el cansancio de consultas llenas de enfermos hace que, lógicamente, no pueda darse el espacio necesario para una comunicación real entre médico y enfermo. No es el caso de Luis Torres Palacín, que con amabilidad y firmeza nos tranquiliza, aleja nuestros más acendrados terrores y nos manda a casa con una sonrisa, un abrazo y la certeza de saber que googlear obsesivamente lo primero que nos pasa –un temblor, un lapsus, un dolor repentino– no es la mejor idea para alcanzar una edad provecta con salud.

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