Tapas gratis

Reinos de humo

En muchas ciudades de España es tradición acompañar las bebidas que se toman en la barra de los bares con una tapa gratuita. Unas sencillas patatas fritas o unas aceitunas, a veces algo más elaborado, pero siempre en pequeñas cantidades. En otros lugares, esas tapas o pinchos se cobran al cliente, que puede elegir entre una amplia variedad. Pero hay puntos en los que la tapa gratuita se sale de lo normal. No por su calidad, sino por su abundancia. El ejemplo más significativo es Granada, donde tomando tres cervezas ya sale uno comido de cualquier bar. Causa vergüenza ajena leer en algunas guías de esa ciudad frases como «en este bar sirven megatapas, por lo que por muy poco dinero habrás comido». Se trata de llenarse. Nada más. Tapas de tamaño descomunal, pero en las que la materia prima y la elaboración dejan mucho que desear. Lo que empezó como un guiño para atraer clientes de bajo poder adquisitivo se ha convertido en una tela de araña de la que los hosteleros granadinos no saben cómo escapar. Visitantes alertados por esas guías y clientes locales exigen esas tapas, y pobre del que no las tenga. Esta es, probablemente, la principal causa del bajo nivel gastronómico que, salvo contadas excepciones, tiene la ciudad. Si se pueden llenar con tres o cuatro tapas gratuitas, para qué van a visitar un restaurante. Un bucle sin salida.