Un lunes cualquiera

Mi hermosa lavandería

Cojo un taxi camino del aeropuerto un lunes a las siete y media de la mañana. La radio va destilando con detalles absolutamente innecesarios las incidencias del juicio que secuestra la realidad nacional sin tregua. No tengo energía para pedirle al taxista que cambie de emisora.

Me pongo los auriculares con la función que cancela el ruido exterior, que me parece uno de los grandes inventos de la humanidad. Conecto con France Culture, donde al menos hablan de un país que, como no es el mío, no me resulta tan doloroso. El programa que emiten habla de un incidente que no conozco: el suicidio hace unos días de un maestro de primaria tras haber recibido una denuncia por haber maltratado en clase a un alumno que se había sentado en el suelo y se negaba a levantarse. En el programa intervienen los compañeros del maestro. Hablan con cariño y pena de él. «Era un hombre apasionado por la enseñanza… con un expediente impecable después de más de veinte años dedicado a la enseñanza… gran compañero… íntegro… la denuncia lo destrozó… no podía creer que aquello le estaba pasando a él… la denuncia era completamente desmesurada, sólo había cogido al alumno por un brazo para sentarlo…».

Al parecer, después del incidente con el alumno había recibido amenazas telefónicas y a través de las redes que lo habían trastornado. Una compañera que lo conocía bien afirmaba que «en las últimas semanas parecía un perro en la noche, deslumbrado por los faros de un coche». Los realizadores del programa se habían puesto en contacto con los padres que habían puesto la denuncia, pero estos se habían negado a hablar. Mientras cruzamos la ciudad, veo un bosque y un hombre cansado y desesperado y una clase de niños revoltosos y un lunes cualquiera en que el peso de una calumnia es demasiado grande y hace frío y el día está gris y acabar con todo parece la salida más soportable. Pero, por otro lado, no puedo evitar que la duda surja: ¿ese maestro sufría una depresión? ¿Había algo más que motivara su suicidio? ¿A quién creemos, por quién tomamos partido? ¿Qué hay en nosotros, en nuestro sistema de valores, en nuestras fobias, que hace que nos inclinemos por una visión de los hechos u otra? ¿Dónde están los culpables, quiénes son? Y si lo son, ¿lo saben?

Llegamos al aeropuerto y la radio del taxi sigue con la cantinela del juicio en que se exprimen inútilmente las palabras ‘dignidad’, ‘verdad’ y ‘democracia’. Un lunes cualquiera donde nuevamente nos enfrentamos a la semana con más dudas que certezas, con más desazón que serenidad. n