Encuestas electorales

Animales de compañía

En cierta ocasión, Borges definió la democracia como un «curioso abuso de la estadística». No creo, sin embargo, que pudiera imaginar el bombardeo implacable de encuestas demoscópicas con que la democracia iba a someter pronto a sus fieles. Esta campaña electoral está resultando especialmente estragadora en su proliferación de encuestas a troche y moche, encargadas cada semana por todos los medios de cierto (o incluso de ningún) renombre. Curiosamente, casi todas las encuestas nos anticipan unos resultados semejantes; casi todas muestran las mismas tendencias, alertan sobre los mismos peligros, incitan al voto en un mismo sentido. ¿Qué buscan con este martilleo aturdidor? ¿Alguien puede creer que tenga una finalidad meramente ‘informativa’?

Como a nadie se le escapa, este «curioso abuso» de las encuestas electorales está hecho con fines manipuladores; o, dicho más finamente, para moldear y encauzar la ‘intención de voto’. En su obra Opinión pública (1922), Walter Lippmann, uno de los padres del pensamiento neoliberal, compara a las masas de las sociedades democráticas con un «rebaño desconcertado» que necesita ser «guiado» (¿hasta el redil?) por unas «élites» de expertos que les extirpen el ideal quimérico del «ciudadano omnicompetente» y les enseñen hábilmente a aceptar su función en democracia, que no es otra sino convertirse en «espectadores interesados de la acción». Para ello, a juicio de Lippmann, hay que «formar la opinión pública», mediante la «fabricación del consenso» que haga más digeribles los designios de la élite. De este modo, las élites decidirán más fácilmente sobre cuestiones que la masa no comprende, «velando por su propio bien».

Para conseguir formar esta «opinión pública» hay que lograr penetrar en lo que Carl Jung llamaba el «inconsciente colectivo», un mecanismo psíquico que se desliza como un río subterráneo por debajo de nuestra conciencia personal. Si se logra manipular este «inconsciente colectivo», instilándole ideas que convengan a las élites, se logrará que las masas actúen como conviene. Se trata, en definitiva, de implantarnos pensamientos que induzcan nuestra conducta, nuestra actitud o nuestra opinión, tal como hace Leonardo DiCaprio, infiltrándose en los sueños de sus víctimas, en la película Inception. Sólo que para moldear la «opinión pública» no hay que infiltrarse en los sueños de las masas, sino en sus percepciones sobre la realidad, de tal modo que su ‘marco interpretativo’ sea el que interese a las élites. En esta labor de modelaje y condicionamiento del ‘marco interpretativo’ desempeñan un papel fundamental los medios de comunicación, encargados de llevar a cabo lo que Lippmann denomina un «reajuste necesario en el género de vida» de las masas, presentando como cambios necesarios lo que no son sino designios de las élites. De esta manera, cuando tales cambios se llevan a cabo, las masas los perciben como ‘naturales’ y no ejercen oposición contra ellos (o sólo la ejercen minorías rebeldes que de inmediato son percibidas como indeseables por las masas manipuladas). De este modo se logra la ‘incepción’ de las ideas culturales dominantes; de este modo se encauza también el voto hacia los caladeros que interesan a las élites.

En su libro Propaganda (1928), el publicista Edward Bernays –que no en vano era sobrino de Freud– afirma que «la manipulación consciente e inteligente de los hábitos y opiniones de las masas es un elemento importante en la sociedad democrática». Y se refiere sin rubor a un «gobierno invisible» (del cual los gobernantes elegidos en las urnas no serían sino agradecidos y obedientes títeres) encargado de que «nuestras mentes sean moldeadas, nuestros gustos formados, nuestras ideas sugeridas». En este proceso de colonización de nuestro mundo psíquico, el martilleo demoscópico ocupa un lugar preponderante; pues el hombre-masa utiliza la información que recibe machaconamente para formar su juicio y adoptar decisiones. Las encuestas actúan en nuestro cerebro a modo de implantes que condicionan nuestro voto: nos permiten ‘saber’ cuáles son los partidos favoritos en la carrera electoral, nos permiten ‘saber’ cuáles son los escollos en su triunfo, nos permiten ‘saber’ cuál es el voto útil y cuál el inútil, nos permiten ‘saber’ qué calamidades y efectos indeseados podría provocar el voto ‘irresponsable’ que en un principio habíamos considerado.

Cualquier persona que no se chupe el dedo debe esforzarse por hacer caso omiso de este bombardeo de encuestas con el que tratan de manipularnos. Y procurar que su voto (o su abstención) sea un jarro de agua fría para las previsiones demoscópicas.