Argumentos contra los disparates

Pequeñas infamias

En Alemania ha surgido una iniciativa que me parece interesante. Ante la proliferación de noticias falsas y el auge de las corrientes populistas, el Gobierno regional de Berlín ha decidido poner en marcha una experiencia piloto. «Yo la llamo una cruzada contra el fenómeno cuñado», explica uno de los participantes. «Me di cuenta de esto en Navidad. Tengo un cuñado que acaba de votar al AfD (un partido extremista que ha puesto patas arriba el tradicional y muy civilizado equilibrio de fuerzas políticas en Alemania al entrar en el Parlamento con el 12,6 por ciento de los votos)… y nos arruinó la cena familiar con sus soflamas supremacistas y xenófobas. Ninguno de los que estábamos ahí supimos rebatírselas». Otro asistente al curso cuenta que cada vez con más frecuencia se encuentra inerme ante opiniones extremistas vertidas incluso por amigos muy cercanos. Ideas como que los inmigrantes son parásitos que hay que echar al mar, o que determinadas regiones, razas o credos son superiores a otros. «Cuando oigo cosas así me quedo mudo, no sé cómo reaccionar. Solo sé que me molestan tanto las soflamas de la extrema izquierda como las de extrema derecha, pero no tengo armado un discurso para rebatirlas». El monitor explica que el hecho de que la gente tenga ideas poco democráticas no es nuevo. «Lo nuevo es que ahora se atreven a decirlo, se ha perdido el temor a manifestarlas». «Ya sabe usted lo que solía decir Einstein: ‘Es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio’», añade él. Los responsables de esta experiencia mencionan también que el gran trauma que supuso la Segunda Guerra Mundial ha sido hasta hace poco la mejor vacuna contra el totalitarismo y la xenofobia. Pero el tiempo pasa y el efecto –paradójica-mente benéfico– de aquella gran tragedia ha ido despareciendo. Y luego ocurre algo más. Al habernos criado en un clima de tolerancia y respeto a las opiniones ajenas (producto también del deseo de pasar página después de las terribles confrontaciones de mediados del siglo XX) nos hemos quedado sin capacidad de rebatir las ideas más perniciosas. Es preciso por tanto resaltar que no, que no todas las opiniones son respetables. Lo que es respetable es el derecho de cualquiera (siempre que no lo haga con violencia) de expresar las suyas. Pero eso no quiere decir que no se deba rebatirlas, al contrario, es necesario hacerlo para que no parezca que el que más grita y cacarea es el que tiene razón. Y precisamente a eso, a tener argumentos contra este tipo de opiniones, es a lo que se aprende en estos talleres gratuitos. ¿Cómo? Para empezar, los asistentes escriben en cartulinas algunos de los eslóganes populistas con los que se han encontrado y, una a una, van diseccionando cada frase para luego, entre todos, buscar y perfilar el argumento más adecuado con el que rebatirlos. Hay quien pueda pensar que el Estado no debe controlar el debate público. Pero la iniciativa del Gobierno regional de Berlín no intenta teledirigir las ideas de nadie, sino dotar, a quien libremente quiera apuntarse a estos foros, de herramientas para bandeárselas en un mundo donde las redes sociales crean e imponen formas de pensar completamente disparatadas al priorizar la exaltación emocional frente a la razón y la ponderación.

No sé si esta iniciativa llegará a España, pero pienso que no sería mala idea que la adoptaran también los colegios de enseñanza media. Recuerdo que cuando estaba interna en Inglaterra, en clase nos hacían debatir sobre temas de actualidad: aborto sí o no; emigrantes sí o no, etcétera. No podíamos elegir bando. A veces nos tocaba defender la postura con la que estábamos de acuerdo, pero otras veces teníamos que buscar argumentos para defender la contraria. Era un ejercicio enriquecedor. No solo nos ayudaba a encontrar argumentos a favor de nuestra tesis, sino que, al tener que defender la postura contraria, aprendíamos, desde dentro, los mecanismos de la demagogia y cómo se maneja ese tipo de argumentación falaz que solo aspira a arrimar el ascua a una particular sardina.

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