El ‘quetalismo’

Reinos de humo

Soy bastante indulgente con casi todos los errores que se pueden cometer en un comedor, pero quiebra mi paz interior que el camarero me pregunte «¿qué tal?» cada vez que se acerca a la mesa. He llegado a contar ocho ‘quetales’ en una sola comida. En las cosas del comer aprendí de pequeño que no se podía mentir ni a tu propia madre, entre otras cosas porque para la mía hubiera sido mucho más doloroso asumir un hijo sin paladar o que frivolizaba con la comida, equivalentes ambos a haber fracasado como madre vasca. Así que, cuando me avasallan en los restaurantes con la preguntita sin intención real de saber cuál es mi opinión, me incomodo. Si voy acompañado, bajo la cabeza y espero que otro solvente la papeleta. A veces cometo el ‘sincericidio’ y le digo que está pasado o falto de sabor y al camarero se le desencaja un poco la mandíbula. Tampoco piensen que soy del VOX gastronómico. No me molesta que me sondeen al final o me pregunten si el plato está a mi gusto. Cuando algo me emociona realmente, me sale de dentro decirlo, pero reivindico ese espacio de libertad para expresar o callar. Recuerdo al dueño de un restaurante de menú al que solíamos ir con un antiguo jefe y amigo, tipo de mucha retranca. En aquella casa se daban ínfulas de gran establecimiento. Todo era fresquísimo y excelente y la familia completa era maestra del ‘quetalismo’. ¿Qué tal, qué tal esas excelsas judías? Al cabo de varios meses, un día trajeron melón de postre. Mi jefe vio que el hijo del dueño se dirigía con paso firme hacia nuestra mesa y, antes de que pudiera abrir la boca, le dijo: «El melón, buenísimo; felicite al cocinero».