Él estaba ahí

Pequeñas infamias

Ahora que la búsqueda de la felicidad se ha convertido en un imperativo categórico, en una obsesión colectiva, me doy cuenta de que tengo una idea muy distinta a la del resto de los mortales sobre tan evanescente estado de ánimo. Para mí, la felicidad obviamente tiene que ver con los afectos, con los placeres (sobre todo los más pequeños e inesperados), también con la salud y con la serenidad. Pero sobre todo tiene que ver con hacer cosas útiles para los demás e interesantes para uno, con ver, conocer, aprender, con poder decir «yo estuve ahí». Y si ese «yo estuve ahí» entraña, además, haber logrado cambiar, aunque sea muy levemente, el curso de los acontecimientos, de las sensibilidades y mejorado la existencia de otros, entonces uno podrá decir: «Sí, valió la pena, sufrí, me equivoqué, pasé mil avatares, pero, tal como proclamaba Neruda, ‘confieso que he vivido’». Si de eso se trata, y yo por lo menos creo que es así, la vida de mi amigo Carlos Abella puede considerarse de las más envidiables. Sereno y bien amado en la esfera personal, ha tenido la fortuna de estar en lugares estratégicos en el momento preciso, lo que lo convirtió en testigo privilegiado de muchos hechos relevantes de nuestra historia más reciente. Él estuvo ahí, por ejemplo, en el palacio de la Moncloa en tiempos de Leopoldo Calvo Sotelo, lo que le permitió asistir poco más tarde al juicio del 23-F. De allí pasó al Banco de España, donde trabajó varios años como asesor del gobernador; luego fue director de relaciones institucionales de Televisión Española y conoció todos sus entresijos; tuvo el mismo cargo en Hispasat; y pasó brevemente por Telefónica. En 2006 lo encontramos en otro centro de poder, en el Santiago Bernabéu, como director de la Fundación Real Madrid; y en 2008, en la Puerta del Sol, como asesor cultural de la Comunidad de Madrid; para acabar su larga y variada carrera profesional como director de Asuntos Taurinos con despacho en Las Ventas. Carlos acaba de publicar unas entretenidísimas (y a la vez sinceras y muy reveladoras) memorias taurinas, que he devorado. Memorias que comienzan con su infancia y adolescencia de niño barcelonés que se educa en un ambiente ilustrado al socaire de personajes como Néstor Luján, Mario Lacruz o su padre, el escritor Rafael Abella, hasta llegar a Madrid a principios de los sesenta. Una vez en esta ciudad, y mientras nos regala mil anécdotas de figuras del toreo de la época como Paco Camino, El Litri, Antoñete, Curro Romero y, por supuesto, Luis Miguel Dominguín, del que más tarde escribiría su biografía, Abella nos habla de aquel Madrid aún en blanco y negro. De los mentideros, de los restaurantes, de agasajos postineros en Chicote. Y todo esto con conocidos protagonistas de anécdotas tan suculentas que nos hacen desear que estas memorias, primordialmente taurinas, tengan como continuación otras más generales y políticas. Porque se queda uno con las ganas de saber más sobre personajes que aparecen brevemente en este libro, como Juan Benet y su corte celestial de intelectuales, así como empresarios, banqueros, políticos y todos los personajes que configuraban la sociedad de los sesenta y setenta. Tras la muerte de Franco, entran en escena nuevos actores a los que Abella trató también. Ahí están Adolfo Suárez, del que con el tiempo escribirá también una interesante biografía, así como la pléyade de hombres y mujeres, tanto de derechas como de izquierdas, destinados a jugar un papel crucial en aquel momento espléndido que fue la Transición. Pero, por encima de todo, estas memorias son la historia de dos pasiones: la literaria y la taurina, los ejes fundamentales de una vida. La de alguien que, sin jugar un papel protagonista en ninguna de las historias que aquí se cuentan, tiene en cambio el privilegio de haber sido actor de reparto en todas. Es cierto, por tanto, que estas memorias bien podrían haberle pirateado título a las de Neruda y llamarse Confieso que he vivido. Pero, por suerte para los que somos sus lectores, aún nos faltan por conocer otros capítulos tan apasionantes y esclarecedores como los que ahora se nos entregan. Ojalá haya pronto una segunda parte, Carlos tiene mucho que contar y yo lo sé bien.

Te puede interesar

‘Happycracia’, la enfermedad de querer ser feliz a toda costa