El factor humano

Reinos de humo

En nuestros reinos de humo vivimos situaciones sorprendentes, determinadas por el factor humano, como dicen los aficionados que pasa en el deporte. Que levante la mano quien no haya salido defraudado de una cena que esperaba excelsa o, por el contrario, ha sentido una felicidad inmensa porque alguien se ha esforzado en servirle como nunca antes hicieron. Hace unos días viví con mi familia una de esas tardes que se adivinan desastrosas porque el formato de pareja con bebé era la antítesis del perfil del comensal que se espera en un japonés de nivel medio-alto de uno de los nuevos epicentros gastronómicos de Madrid. Ya saben, un restaurante de decoración sofisticada, con mesas pequeñas y música presente incluso al mediodía con clientes que manejan los palillos con la naturalidad de los de Osaka. Pero la afición de los padres a la buena mesa pudo más que la prudencia y nos lanzamos los cuatro, tres humanos y un carrito, al interior del pequeño local. La comida resultó tan buena como el recuerdo de una experiencia anterior en solitario: el tartar de chicharro amarillo, sus baos de gamba y cerdo ibérico o los cortes de sashimi estuvieron a la altura de lo que se puede pedir a una marca que lleva el sello de la familia Arzabal. Lo inusual, lo sorprendente, fue la naturalidad y la atención con la que Angie, nuestra camarera, se desenvolvió para que todos, incluyendo la pequeña de la familia, pudiéramos disfrutar por igual y saliéramos del Kirikata felices como perdices. La sonrisa de algunos comensales al ver cómo una niña de 18 meses devoraba uramaki y bao se tornó risa al ver salir de la cocina a Angie con un huevo frito para su pequeña comensal.