El nombre

Mi hermosa lavandería

Mi abuela Isabel era mucho más alta que mi abuelo y a mí me pusieron su nombre.

La recuerdo como una mujer formidable, enérgica, fuerte y bondadosa. Nunca se quejaba, a pesar de que motivos, con ocho hijos, nunca le faltaron. No me parezco nada a ella. De pequeña, no me gustaba llamarme Isabel porque me parecía un nombre de reina o de santa y no me gustaban las reinas ni las santas. Me parecía un nombre cursi y antiguo y fantaseaba con llamarme Aura o Delia o Maga, como los personajes de Cortázar o Carlos Fuentes. Luego, con los años, te acostumbras y vas habitando tu nombre y no te puedes imaginar con otro. Lo aceptas, de la misma manera que aceptas tus lunares o tus pulgares desmesurados. La canción de Charles Aznavour Isabelle me hace siempre sonreír y recuerdo que en su día los hermanos Calatrava hicieron una versión hilarante.

Hay nombres que son mucho más que un nombre. Los nombres con diéresis me fascinan: Björk, por ejemplo. La primera vez que la vi en persona me pareció que no había visto a nadie al que su nombre le sentara tan bien. Hoy, con cincuenta y cuatro años y un nieto, su aspecto de elfo sigue siendo el mismo y su nombre sigue evocando paisajes rocosos de los que salen gases volcánicos. Y cisnes blancos en forma de vestidos de tul. Y acantilados desde los que cascadas de aguas sulfurosas descienden hasta un mar de agua color petróleo. Orcas, tucanes, ardillas y ovejas eléctricas que sangran.

Artísticamente, la islandesa ha sacrificado la cruda sentimentalidad de sus primeras obras en pos de experimentos extremadamente libres y arriesgados. Venus as a boy se ha convertido en un ave mutante de tres picos proyectada en una cortina de algoritmos salvajes. Según sus propias palabras, no ha ganado un duro desde hace veinte años y ha invertido todo lo que ganó en experimentar con nuevas materias sonoras que apelan más al intelecto que al corazón, como atestigua su último espectáculo, Cornucopia, estrenado en The Shed en NYC. Su rostro se oculta con máscaras de cyborg campestre, entre una campesina del Bosco y Yayoi Kusama. Y, sin embargo, en su mirada sigue habitando un elfo islandés que no puede tener otro nombre: Björk.

Cuando el partido este que ha conseguido veinticuatro diputados apareció en nuestro país, a mí su nombre me sonaba a diccionario de toda la vida. Entonces, una amiga francesa me escribió para decirme que Vox es una web francesa, creada mucho antes de la aparición del partido, de audioporno para mujeres que publica relatos sonoros en primera persona para –cita textual– «clítoris audiófilos». Desde que me envió la información, y a pesar del repelús que los integrantes del tal partido me producen, no puedo evitar que se me escape una sonrisa cada vez que veo su nombre.