Comer sentado

Reinos de humo

Les traigo uno de esos asuntos que desatan pasiones, más ibérico que el jamón de Guijuelo, en el que tirios y troyanos discuten sin solución hasta el fin de los tiempos. Crédulos e incrédulos, prepárense. La ciencia ha demostrado que los alimentos saben peor cuando los comemos de pie. Lo que oyen. Ya me veo a los defensores del tapeo sevillano, a los de los pintxos de San Sebastián y a todos los madrileños que defienden las barras ilustradas agitando los brazos y con más espuma en la boca que si hubieran tomado media docena de cañas. ¿Cómo se puede decir eso en esta Iberia nuestra? ¡Anatema! Pero sí. El sistema vestibular alojado en nuestro oído interno, el que se encarga de hacernos mantener el equilibrio y de la visión espacial, conocido también como ‘sexto sentido’, parece que funciona de modo diferente cuando estamos sentados que cuando estamos de pie en el bar. Según explican los científicos, esta posición aumenta el estrés físico y la glándula pituitaria y la suprarrenal liberan automáticamente cortisol, una sustancia que disminuye la sensibilidad de los sentidos. Así que a partir de ese momento notamos menos el sabor de los alimentos, la temperatura de los mismos y la capacidad de medir lo que ingerimos. Les reconozco que yo siempre lo había percibido así, aunque no supiera de glándulas. Yo disfruto mucho más comiendo en silla y mesa que acodado en la barra y a partir de ahora me sentiré aún más feliz ante un buen asiento. Prefiero tomar unas sardinas asadas de pie a no catarlas, eso sin duda, pero si hay opción acérquenme un banco y una mesita porque seguro soy de los que andan sobrados de cortisol.