Un chiste

Mi hermosa lavandería

Uno de los pasatiempos favoritos de Ronald Reagan durante sus mandatos como presidente de Estados Unidos era contar chistes ridiculizando a la Unión Soviética. Uno de ellos cuenta las andanzas de un americano en Moscú. El americano tiene un guía ruso que le enseña las maravillas de la ciudad, explicándole que le va a llevar al metro, el metro más bello del mundo, el metro con toneladas de mármol y obras de arte y bronce y lámparas venecianas de valor incalculable. Cuando están esperando en una de las estaciones, el americano dice: «Llevamos una hora esperando…». y el ruso no tarda en responderle furioso: ¿Y los negros en América? Últimamente tengo la sensación de que la política española y las opiniones sobre ella transcurren por derroteros parejos a las conversaciones entre un americano y un ruso durante la Guerra Fría. Siempre hay un tema que reprochar al otro, siempre hay algo que no está bien, aunque la conversación no vaya por ahí y los parámetros de lo que se estaba hablando sean otros. No hay un proyecto común para hacer un país mejor: todo se queda en ofensas, insultos, descalificaciones: actitudes que oscilan, según sople el viento, entre la chulería y el victimismo. Yo no creo que la política tenga que ser un juego de caballeros, soy consciente de que para sacar adelante un país hay que salir al barro y ensuciarse en muchas ocasiones. Pero es que nuestros políticos, en su triste mayoría, actúan como viudas aparentemente respetables que ponen el grito en el cielo cuando ven a sus sobrinas ponerse un short demasiado corto pero que esconden secretos de alcoba inconfesables. Llega un momento en que las únicas personas que parecen dignas son las que dimiten, porque son las únicas que se atreven a admitir retazos de verdad. Las que dicen: «Creí en un proyecto y, por mucho que he querido defenderlo, alguien se ha encargado de cargárselo; esto no es por lo que yo había apostado en su momento». Los discursos de renuncia son en ocasiones más honestos que toda la trayectoria anterior del dimitido. Veo entonces cómo el líder de la formación a la que pertenecían ignora absolutamente lo sucedido y borra de un plumazo del organigrama de su partido a aquellos que hasta hace cinco minutos eran sus mejores bazas. Como si nunca hubieran existido, como si todos los congresos, reuniones, mítines e incluso la gestación del propio partido en la que los que renuncian tuvieron una parte muy activa nunca se hubieran producido. Hay sólo un término que define esto y que es una de mis palabras favoritas del idioma español: ‘desfachatez’. Esa impune desfachatez que impregna como un manto de grasa la vida política.

Otro chiste que le gustaba contar a Reagan: «Un americano le dice a un ruso ‘en América somos tan libres que yo puedo ir a la Casa Blanca y decir abajo Ronald Reagan y nadie me lo impedirá ni me meterán en la cárcel’. El ruso le dice, ‘pues en Rusia somos tan libres que yo puedo ir al Kremlin y decir abajo Ronald Reagan y me darán una medalla’».