Metal enamorado

Mi hermosa lavandería

Sopla un viento del carajo y el aire trae una lluvia violenta cayendo de través. Tengo tres días de vacaciones, después de meses sin un fin de semana libre, y procuro que no me importe no poder disfrutar del aire libre ni de la piscina ni del mar que hay detrás de los cristales salpicados de lluvia. De pequeña, nunca entendía por qué teníamos que irnos de la playa cuando llovía: «Pero si ya estamos mojados, ¿qué más da?», le decía a mi madre. Ahora lo pienso y se me antoja de una lógica aplastante mi razonamiento, pero me amedrenta el viento, que levanta finas capas de agua en la enorme piscina del hotel encima del mar.

Estoy a punto de acabar la última novela de Ian McEwan, que cada día me hace pensar un poco más en el mundo que nos espera o que ya está aquí. McEwan mezcla la cronología de la historia y hace contemporáneos el conflicto de las Falkland (o Malvinas, según se mire) con la creación de androides tan evolucionados que pueden pasar por humanos. El protagonista, un hombre sin grandes aspiraciones ni cultura ni ideales, decide invertir una herencia en la compra de un robot. No mide las consecuencias que este acto va a tener en su vida y en la de su novia y dota al androide de una ética poderosa y coherente. Es una novela sorprendente y engañosamente lineal. Cada noche antes de dormir, sus páginas sacuden mis sueños y los pueblan de personajes de metal que se toman la justicia por su mano. En el libro, los robots pueden planchar, ganar dinero, enamorarse, componer haikus, suicidarse, sentir, incluso masturbarse. Pero no pueden caminar bajo la lluvia porque el agua afecta a sus circuitos. La maestría de McEwan es tal que, a veces, me sorprendo rogando que el robot acabe con ese protagonista mediocre, mezquino, aburrido, simplón: no consigo entender qué ve su novia en él, por qué no le abandona por ese perfecto amasijo de cables que compone poemas y cita a Shakespeare y a Montaigne y tiene un desarrollado sentido de la justicia y sabe qué opinar de cualquier tema que se le ponga por delante. La lluvia ahí fuera me lleva a acabar el libro cuando aún es de día. Como en cada una de sus novelas, la frase final de «Machines like me» me golpea el corazón. Durante meses tuve la frase que cierra Chesil beach incrustada en mi cabeza como un mantra. Aún ahora la recuerdo: «Olvídame despacio».

Ha parado de llover y salgo a pasear por la arena mojada, repito en voz baja la percutante frase final mientras pienso que igual las cosas en el mundo no irían peor si los robots se ocuparan de éste, ésa es mi conclusión del libro, quizá porque es algo que últimamente pienso a menudo. Pero tendrían que utilizar algún material impermeable para construirlos. Algo que les permitiera caminar bajo la lluvia, bañarse en el mar y llorar, como hago yo ahora mismo, sin que se les fundieran los circuitos.