Volver a empezar

Animales de compañía

Hace algo más de veinte años me robaron en una estación de autobuses un ordenador portátil en el que guardaba una novela de juventud, que esperaba corregir y publicar en cuanto tuviera un poco de tiempo. No lo tenía porque, por aquellas fechas, acababa de ganar el Premio Planeta y andaba como un zascandil o pavo real, atendiendo todo tipo de compromisos y solicitudes memas. Aquel robo me causó gran quebranto moral, porque –despistado y temerario como soy– no había hecho copia de seguridad de aquella novela nonata. Fue como ver por un instante mi vida escurriéndose por un sumidero; y hasta pensé, devorado por la rabia, en dejar de escribir. Pero todas aquellas angustias fueron pasajeras, pues para entonces yo estaba en la cresta de la ola, muy requerido y requebrado; y, sobre todo, tenía esa edad insolente en la que todas las hazañas parecían posibles, incluso la de reescribir una novela, incluso la de escribir otra novela con la punta de la chorra (como vulgarmente se decía) y, además, mucho mejor que la extraviada. Así que en unos pocos meses ya ni me acordaba del percance.

Dos décadas después ha vuelto a ocurrirme. Esta vez no ha hecho falta que me robaran el ordenador; me ha bastado con perder un lápiz de memoria de cuyo contenido (sigo siendo igual de despistado y temerario que entonces) tampoco había hecho copia. En él no guardaba una novela preparada para la imprenta, sino multitud de textos inéditos de una escritora a la que estoy tratando de redimir del olvido, Ana María Martínez Sagi (1907-2000), cuya vida recreé, allá en mis años mozos, en una biografía novelada, Las esquinas del aire, y cuya obra he empezado a exhumar en una antología titulada La voz sola que acaba de publicar la Fundación Santander. Desde hace más de un año, ando descifrando los manuscritos que Ana María me encomendó antes de morir, con la promesa de publicarlos cuando hubiesen pasado un par de décadas. Son manuscritos apenas legibles, llenos de tachaduras y rectificaciones, con una caligrafía urgente que, a veces, se resuelve en un garabato. En su desciframiento me he quemado muchas veces las pestañas, hasta llegar a maldecir la encomienda que asumí ante su autora. Pero, entre berrinches y tormentos, logré coronar aquella experiencia aniquiladora en la que, como si de un curso intensivo se tratara, aprendí mil lecciones de paciencia.

Supongo que la exultación del momento me ofuscó tanto que olvidé hacer copia de todo aquel material que tantas tribulaciones me había causado. Me guardé el lápiz de memoria en un bolsillo y marché de viaje, para celebrar el triunfo; pero, nunca sabré cómo, el lápiz de memoria se deslizó o escabulló de mi bolsillo durante el viaje. Nuevamente, vi mi vida escurriéndose por un sumidero (y ya no es la mía una vida recién estrenada que pueda dilapidarse alegremente); y resolví, devorado por la rabia, que nunca más volvería a transcribir los manuscritos agotadores de Ana María Martínez Sagi. Aquella edad insolente en la que todas las hazañas parecían posibles había quedado muy atrás; aquellas inyecciones de vanidad que me levantaban en volandas, entre constantes requerimientos y requiebros, se habían gastado para siempre. Y la angustia vino a visitarme, como un nido de áspides.

Pero entonces comprendí que aquella pérdida escondía una secreta enseñanza moral. Si la transcripción de aquellos textos había sido un curso intensivo de paciencia, la pérdida de aquel lápiz de memoria me permitiría obtener un doctorado en humillación. Transcribir un manuscrito ilegible es uno de los trabajos más tortuosos que uno pueda concebir; volverlo a transcribir es un suplicio en toda regla. Pero cuando elegí la vocación de escritor no lo hice en busca de aplauso o reconocimiento, sino dispuesto a abrazar amorosamente el fracaso (el suplicio), aunque fuese de por vida. Luego, con los años, aunque no extravié el rumbo, saboreé con demasiada delectación las mieles del éxito. Así que pensé que, al perder ese lápiz de memoria, se me presentaba una ocasión pintiparada para recuperar aquella secreta y sufrida abnegación juvenil, que se ofrecía sin esperar nada a cambio; una ocasión, en fin, para volver a empezar. Y me he puesto a transcribir de nuevo los manuscritos de Ana María como quien acata su personal vía crucis, sabiendo que al final aguarda la gloria de la resurrección. Y, mientras cumplo cada día con labor tan penosa, descubro que todos los grandes éxitos interiores tienen apariencia de fracasos externos (y viceversa).

Aunque, desde luego, prometo hacer copia de mis trabajos de aquí en adelante.

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