El desdén de los mandarines

Mi hermosa lavandería

Creo que todo empezó, como todas las cosas que definen la existencia, en el patio del colegio. Ese momento en que empiezas a socializar y te encuentras con que esa ansiada camaradería no es como te la habían contado ni como tú soñabas que fuese. Ver que existían bandos, ansiar pertenecer a ellos y darte cuenta de que te era imposible pertenecer a ninguno: ni a los que cortaban el bacalao, ni a los que ni pinchaban ni cortaban. Ser demasiado lista para algunas cosas y muy corta e inocente para otras. Ir por libre. No opinar como la mayoría. Hablar a destiempo, cuestionando cosas que todo el mundo aceptaba como verdades monolíticas. Pensar por tu cuenta: algo cuyo precio has estado pagando desde que tu memoria alcanza. Recordar claramente una sensación constante de lealtad traicionada. De sobrar. De empezar a construir una coraza para protegerte de un mundo cuya dureza ya intuías: hablo de tener siete años y ver con la misma claridad que cualquier adulto que la vida no era, no es, no será nunca un camino de rosas. Hablo de ansiar integrarte en el grupo y, a la vez, ver a todo lo que hay que renunciar para hacerlo. Sólo un desaforado apego a una incipiente pero firme coherencia te impidió rendirte y callarte y ser del club de los socialmente aceptados. Nunca mentiste sobre las cosas que te gustaban y que detestabas para hacerte la simpática, para caer bien, para ser uno más, para ser como ellos. Tu adolescencia siguió por los mismos derroteros. La niña convertida en adolescente que no encaja, a la que se califica de rara, de fuera de la norma, lo tuvo difícil en un mundo donde no parecía haber un sitio para ella. Aprendiste a defenderte. A apretar los dientes y tirar hacia delante. No aprendiste a disimular, pero sí a ser muy consciente de que las consecuencias de lo que pensabas y decías no iban a traerte nada bueno nunca. A pesar de todo, en el camino encontraste compañeros, amigos, espectadores, abrazos, auténtica comprensión, cariño, escucha. Destellos de verdad, ramalazos de amor y voces que eran un eco de la tuya y de tus experiencias. Personas con un pasado parecido que se reconocían en ti y tú en ellas.

Y, con el tiempo, nada ha cambiado en esencia. La soledad, el aislamiento son los mismos. La ingratitud. La incomprensión. La lucha eterna para deshacer equívocos, bulos, maledicencia. El desdén de los mandarines que cortan el bacalao de lo correcto, de lo socialmente aceptable, de los profesionales de la falsa y santurrona bondad. El odio disfrazado de indiferencia de los que alimentan su propio pedestal con su aburrida, terca y confortable vanidad.

Pero algo sí ha cambiado: en ese no-lugar sabes que no estás sola, hay otras voces disidentes, tímidas, desafiantes y furiosas que murmuran contigo que ese mundo que no os quiere también os pertenece. Y no van a arrebatároslo nunca más.