Una montaña de termómetros

Mi hermosa lavandería

Siempre que cruzo una frontera como la de Estados Unidos, me siento culpable. Te preguntan tantas cosas absurdas que sólo puedes imaginarte lo que les deben de preguntar a aquellos a los que deben considerar como sospechosos de haber hecho algo criminal. Tengo que reprimir el sarcasmo que casi me hace responder a la pregunta «¿ha hecho el equipaje usted misma?» con algo así como: «Por supuesto que no, la ha hecho mi mayordomo afgano». O a «¿lleva usted explosivos en la maleta?» con un «evidentemente, ¿cómo quiere que dinamite la Casa Blanca? ¿Con un paquete de explosivos hecho con el Lego de mi sobrino?». Desde luego, no digo nada de esto y, menos aún, me burlo de los empleados de las aerolíneas, cansados de preguntar las mismas cosas que saben que no llevan a ninguna parte. Contesto con escuetos «sí» y «no» y, por supuesto, todo lo educadamente que puedo y continúo con el mismo talante en la misma frontera donde los agentes de aduanas, que son de todo menos wasp, inquieren con frialdad los motivos que te llevan a visitar su país, como si lo único en que estuvieras pensando es en ir al Pentágono y estrellar una furgoneta llena de bombas contra él. Ahí también reprimo lo que me gustaría contestarle. O quizás preguntarle: «¿Cómo se siente cuando ve las imágenes de sus compatriotas intentando cruzar la frontera entre México y este país? ¿Qué piensa de todos esos niños separados de sus padres, desnutridos y en jaulas?». Callo, por supuesto, como callamos todos los que diligentemente nos dejamos tomar las huellas dactilares y la foto sin gafas, para que nos tengan fichados por si se nos ocurre irnos de un Starbucks con una chocolatina sin pagar.

Las fronteras terrestres son aún más hostiles, aunque el paso a Canadá por carretera es una excepción: los agentes te tratan con amabilidad y, aunque te hacen casi las mismas preguntas que en Estados Unidos, hay un brillo en sus ojos que indica que son conscientes de que ambos sabemos que toda esa palabrería oficial no lleva a ninguna parte. Quizás la frontera más absurda en la que he estado es en la de Uzbekistán. Llegué allí con un equipo de rodaje una noche a las tres de la madrugada, después de una escala en Estambul, y los agentes de aduanas nos pusieron en la pista de aterrizaje en dos filas elegidas al azar. Hacía un frío del copón y una niebla espesa lo cubría todo. Era el momento cumbre de la epidemia de ébola, hará unos 8 años. Las filas avanzaban muy lentamente y la niebla impedía ver qué pasaba exactamente en la cabeza de la fila. Cuando llegamos, una enfermera nos ponía un termómetro en la boca y nos empujaba hacia otra enfermera que nos quitaba el termómetro de la boca y lo tiraba en una montaña de termómetros sin siquiera echarle un vistazo. Muchas veces, cuando vivo una situación sin sentido, me viene a la memoria esa montaña de termómetros que todavía debe de estar acumulando polvo en algún hangar del aeropuerto de Tashkent.