Kafka y los okupas

Pequeñas infamias

En 1925, y de manera póstuma, se publicó El proceso, de Kafka, una novela que desde entonces aterra a quien la lee. Como se recordará, el personaje Joseph K. es detenido una mañana sin que sepa por qué y, a partir de ese momento, se ve envuelto en una espiral de disparates burocráticos y judiciales mientras intenta vanamente defenderse de acusaciones que no sabe en qué consisten ni por qué se le imputan. Kafka, que era funcionario y por lo tanto sabía bien de lo que hablaba, describe en su novela los absurdos con los que un ciudadano puede encontrarse enfrentado a situaciones legales en las que el más elemental sentido común dice una cosa, pero la justicia y/o el poder dicen otra y no hay manera de rebatirlos. Si en estos días de vacaciones me ha dado por recordar El proceso es por una situación personal que bien podría haber inspirado a Kafka una secuela a su inmortal obra. Tengo una casita en el sur y, hace unos días, el jardinero de la urbanización llamó para decirme que se le habían acercado dos individuos que, después de hablar de esto y aquello, le contaron que les habían dado el ‘quedo’ de que en tal casa (la mía) no vivía nadie y que, como ellos estaban «muy cansados de vivir y dormir en su coche», habían decidido okuparla. En cuanto lo supe, tomé medidas, avisé a la Policía, puse una alarma y, de momento (toco madera), creo que he conjurado el peligro. Pero ayer me he enterado de que alguien ha okupado otra casa de la misma urbanización, una cuyo propietario vive en Inglaterra, es decir, lejos y sin tanta capacidad de reaccionar como yo. Por lo visto, ahora los nuevos ‘huéspedes’ se encuentran allí disfrutando de unas merecidas vacaciones a cuenta del prójimo. Aparte del disgusto que me han producido estos incidentes, y también del temor de lo que pueda pasar en septiembre cuando haya menos vigilancia, lo que más me impresiona es el descaro. El rostro de mármol –también la certeza de impunidad– que tienen esos dos individuos para comentarle al jardinero sus planes. ¿Cómo que alguien les ha dado el ‘quedo’? ¿Cómo que, por estar «cansados de dormir en el coche», tienen derecho a invadir una casa ajena? La situación que estoy relatando no es ni mucho menos una rareza; en todas las urbanizaciones de las costas españolas, que son muchas, pasan cosas parecidas. Es evidente que caraduras, aprovechados y amigos de lo ajeno ha habido siempre. Pero el dato nuevo es la impunidad. Hace unos meses la prestigiosa revista alemana Stern publicó un reportaje de varias páginas a todo color y al estilo ¡Hola! de George Berres, alias Bauchi, en su mansión mallorquina. ¿Y quién es Bauchi, que sale en las fotos jugando al tenis, ataviado con un étnico y florido sarong? Pues es el líder de los okupas de Son Coll, una propiedad del tenista Boris Becker, dotada de piscina, canchas de tenis, establos y hasta un anfiteatro para conciertos. Becker, ahora en horas bajas, ha tenido problemas con la casa y hace tiempo que no va por allí. «… Por eso nosotros la hemos limpiado, encerado los pisos y lustrado los mármoles –explica, orgulloso, Bauchi, que convive con otros tres colegas–. Y aún hay sitio para quince más –añade, generoso–. Estamos muy a gusto, y somos felices, tenemos hasta wifi», asegura. Cuando se le pregunta a Bauchi si no siente remordimientos por haber invadido una propiedad ajena, dice que no. Que existe en España una ley según la cual si, al ser okupada una casa, el dueño no hace la denuncia en el plazo de setenta y dos horas, luego no puede reclamarla y entra en un largo y costoso proceso. Lo que afirma Bauchi tal vez fuera cierto antes; en efecto, hay leyes así de kafkianas. Pero desde hace un año está vigente una disposición según la cual si, a requerimiento de la autoridad, un okupa no presenta un documento que lo acredite como dueño, el que tiene que abandonar la propiedad en setenta y dos horas es él. Aun así, el mal ya está hecho, y casos como el de Becker o, más modestamente, el mío son más que corrientes. De hecho, se calcula que hay en España entre ochenta mil y noventa mil casas okupadas. ¿Qué pensaría Kafka al respecto? Él ya lo dejó dicho en El proceso: «Veo con tristeza –apunta uno de sus consternados personajes– que la mentira se ha elevado a fundamento del orden mundial».