Pornoadictos

Animales de compañía

A una joven diputada socialista se le ocurrió hace unos meses aventurar que la pornografía debería ‘regularse’ y enseguida le llovieron los vituperios de toda la chusma que ha hecho de la pornografía el ‘soma’ que alivia su vida sojuzgada. Tampoco acogieron con gusto estas declaraciones sus correligionarios, que corrieron a sofocar el fuego, aduciendo que su partido no pretende «actuar contra la libertad de un adulto para consumir pornografía», sino tan sólo evitar que la pornografía se convierta en una forma de «sexualidad natural» para los menores. Fue una reacción lógica, pues la pornografía es el más eficaz método de control y sometimiento social que existe; y quienes apacientan a la chusma saben perfectamente cuán importante es asegurar su aprovisionamiento de pornografía. El filósofo Marcuse, en Eros y Tánatos, nos enseña que los nuevos ingenieros sociales han hallado la fórmula de imponer una nueva forma de tiranía que ya no necesite, como las tiranías antañonas, los métodos de represión violenta. Y esa fórmula, que Marcuse denomina «desublimación represiva», consiste en debilitar la «energía libidinal» del ser humano, mediante formas de falsa «liberación sexual» entre las que ocupa un lugar preferente la infestación pornográfica, que las nuevas tecnologías han hecho al fin posible (para solaz de tiranos).

Siempre me han hecho mucha gracia esos hipócritas que claman contra los daños que la pornografía causa en los niños, ignorando los que causa en los adultos. No hay tribuna sistémica que no lance de vez en cuando un reportajillo en el que se alerta sobre las consecuencias de que nuestros hijos sean adictos al porno, a la vez que se calla sobre las consecuencias de que lo seamos nosotros, sus padres. Al omitir este hecho medular, se presenta la pornografía como un ‘producto cultural’ que requiere una correcta ‘formación’ para ser digerido en plenitud, como
–digamos– las novelas de Dostoievski o las películas de Tarkovski. Pero lo cierto es que la pornografía causa estragos irrestañables en los adultos; quizá, incluso, más irreparables aún que en los niños, porque las heridas del alma cicatrizan más penosamente a medida que nos hacemos más viejos. No hace falta sino reparar en la incapacidad creciente de nuestra época para las relaciones fecundas y duraderas; no hace falta sino reparar en el auge de esas ‘aplicaciones para ligar’, que no son sino el desaguadero –convenientemente disfrazado de emoticonos y asepsia tecnológica– de una sexualidad compulsiva y bestial, alimentada por el consumo de pornografía.

Una tercera parte de las páginas de interné que se visitan cada día son de contenido pornográfico; lo que significa, aproximadamente, que una tercera parte de la población conectada a interné está pajeándose, o siquiera incubando fantasías sexuales morbosas. La sexualidad humana (a diferencia de la animal, puramente instintiva) es imaginativa; y, cuanto más se alimenta con incitaciones purulentas, más se desembrida, hasta alterar nuestra conducta, hasta marchitar nuestros afectos, hasta adulterar nuestras pasiones, hasta infectar nuestros sueños, hasta alienarnos de nuestra propia humanidad. Decía Chesterton que cuando la sexualidad es tratada como si se tratara de una función fisiológica básica, como el comer o el dormir, acaba convirtiéndose en una fuerza arrasadora que nos destruye; y que, de paso, destruye a quienes nos rodean. El consumo compulsivo de pornografía está modelando personas taradas, cada vez más egoístas y psicopáticas, cada vez más incapacitadas para la expresión de los afectos y la aceptación de los compromisos; personas que, además de condenarse a largo plazo a la soledad y la angustia, están arruinando sus matrimonios y devastando a sus familias. Cualquier psicólogo o psiquiatra con consulta abierta lo sabe; y eso que a sus consultas sólo acude una porción mínima de adictos, la porción más valerosa y a la vez humilde, mientras los demás siguen disfrutando empoderadísimos de su ‘libertad de adultos para consumir pornografía’, que nuestros gobernantes les aseguran, para mantenerlos sojuzgados.

Pero sobre esta lacra nuestra época corrompida calla. Pues nuestra época es incapaz de hacer un juicio ético sobre la naturaleza de las cosas (que es lo que distinguía, según Aristóteles, al hombre del resto de los animales); y no se atreve a juzgar las flores venenosas nacidas de su indiferentismo moral, que está descomponiendo nuestras sociedades, hasta convertirlas en un sopicaldo de putrescencia y abyección. Y ahora, abrimos el paraguas, para que no nos moje la lluvia de vituperios de la chusma.