Delirios científicos

Animales de compañía

Convertida en religión del hombre moderno, la ciencia se ha lanzado a desvelarnos hasta el más recóndito repliegue del universo; y, en su afán acaparador, en su anhelo totalitario de abarcar todos los misterios que anidan en el universo, ha empezado a convertirse en superstición, con sus sacerdotes dementes y sus acólitos turulatos. Yo siempre he sentido una cariñosa predilección por los sabios lunáticos, por los inventores que dilapidan su existencia en la fabricación de artilugios abracadabrantes, por los científicos chalados capaces de urdir fórmulas rocambolescas que ponen a prueba las leyes de la verosimilitud. Creo que esta fascinación por los artistas del error y el desvarío que conciben una idea desquiciada y, con envidiable convicción, la alimentan hasta que dicha idea crepita en sus meninges y les provoca un cortocircuito mental, se la debo a la lectura del TBO, aquella revista infantil que incluía en sus páginas los inventos del doctor Franz de Copenhague, perfectamente inútiles y por ello mismo deslumbrantes. Esta admiración hacia los sabios idiotizados por el ejercicio encarnizado y quimérico del pensamiento, discurridores de artefactos bizantinos, metafísicos de la mentecatez, abnegados atletas del tirabuzón mental que acaban emborrachándose en el vértigo de su propia sinrazón, me ha acompañado siempre. Recuerdo con delicia, por ejemplo, la lectura de un libro originalísimo, La sinagoga de los iconoclastas, del escritor argentino J. Rodolfo Wilcock (Anagrama), que reunía una singular galería de personajes apócrifos, encantados de haberse conocido y de trastornar el universo con sus especulaciones demenciales. Pero no debemos pensar que estos mesías del absurdo, capaces de sacrificarlo todo en la consecución de un logro que nadie les agradecerá, existen sólo en la ficción. La revista de humor científico Annals of Improbable Research convoca anualmente los llamados Premios IgNobel, que recompensan el trabajo de aquellos sabios que, apoyándose en procedimientos científicos, llevan su investigación hasta límites de genialidad lindantes con la demencia. Entre la nómina de ganadores del Premio IgNobel de Medicina se cuenta, por ejemplo, Karl Kruszelnicki, de la Universidad de Sydney, que perpetró un comprensivo examen de la pelusa del ombligo humano. O el traumatólogo Peter Barss, quien detalló exhaustivamente los ingresos en el Hospital Provincial de Papúa (Nueva Guinea) de pacientes afectados de traumatismos craneales originados por caídas de cocos. Yukio Hirose, de la Universidad de Kanazawa, se hizo acreedor al Premio IgNobel de Química por su estudio sobre una estatua de bronce que, misteriosamente, había permanecido durante años indemne a las cagadas de las palomas. Y C. W. Moeliker, investigador del Natuurmuseum de Rotterdam, obtuvo el Premio IgNobel de Biología por documentar el primer caso científicamente registrado de «necrofilia homosexual en el pato silvestre». La ciencia patria, tan menospreciada o preterida por nuestros gobernantes, se halla solitariamente representada por Eduardo Serra, quien en 2002 obtuvo un Premio IgNobel por la invención de una lavadora para perros y gatos. Ese mismo año, lo acompañaron en el elenco de galardonados, entre otros, Arnd Leire, de la Universidad de Munich, quien demostrara que la espuma de la cerveza obedece a la Ley Matemática del Decaimiento Exponencial, y Chris McManus, del Colegio Universitario de Londres, autor de un exquisito informe titulado Asimetría escrotal en la escultura antigua. La influencia de la música country en el suicidio, las secreciones olorosas de las ranas sometidas a estrés o la actividad celular en el cerebro de una langosta expuesta a la contemplación de la saga de Star Wars son el asunto de otros estudios –publicados siempre por revistas científicas de renombre– que han merecido los Premos IgNobel. En su declaración de intenciones, los convocantes declaran que los trabajos galardonados «primero hacen reír, y luego hacen pensar»; son muestras de un pensamiento que se sale de órbita y que nos demuestra que toda disciplina científica esconde entre sus pliegues un punto ciego, una especie de Big Bang donde se agazapa la risa loca. La ciencia como abolición de la razón, como zona límite donde el pensamiento más alambicado y la idiotez más extrema se funden en una misma sustancia estupefaciente, donde las neuronas crepitan, achicharradas en el fuego de su propia osadía insensata, su soberbia y endiosamiento.