Soñar con Barcelona

Mi hermosa lavandería

Tengo varios sueños recurrentes y uno de ellos tiene por protagonista a esta ciudad en la que he nacido y me he criado. Sueño que es de noche y estoy en una ciudad de perfectas proporciones, una ciudad con plazas armónicas, con palmeras erguidas, rincones misteriosos, avenidas secretas, sorpresas en cada esquina. Edificios discretos con interiores de ensueño. Y edificios de ensueño con interiores aún más espectaculares. Pasajes. Barrios que contienen otros barrios. En mi sueño, hay golondrinas y caballos y gárgolas amables en los edificios. Cuando me despierto, tras esos minutos de confusión que siempre acompañan esa zona brumosa entre el sueño y la vigilia, me doy cuenta de que he soñado con mi ciudad, con Barcelona. Y que en mi sueño veo las mismas cosas que veo cada día, pero con la mirada ilusionada de un niño al que llevan a un parque de atracciones por primera vez.

Me sucede algo parecido cada vez que paso una larga temporada fuera de la ciudad. Cuando regreso, basta un paseo por cualquiera de mis lugares favoritos, una silueta a contraluz al doblar una esquina, el olor a pan reciente saliendo de una panadería, la caricia del aire entre fresco y cálido de las tardes de septiembre, para que vuelva a enamorarme de Barcelona, si es que alguna vez dejé de estarlo.

Gozo, además, de una ventaja extraordinaria, los lugares de la geografía de mi infancia no han cambiado demasiado, a pesar de los años y las reformas constantes que ha sufrido la ciudad, como todas las grandes ciudades del mundo. Desde la clínica donde nací, La Alianza, hasta el edificio donde nació mi padre y viví mi primera infancia, en la calle Bailén, pasando por el cine donde mi abuela ejercía de taquillera, el Texas, y el bar donde mis padres se conocieron, el Raïm, en el barrio de Gràcia, todo se mantiene prácticamente igual. Las calles donde jugaba y empezaba a soñar. Puedo verme a mí misma, de la mano de mi padre, yendo a buscar algún recado para mi madre. Si me doy la vuelta, veo perfectamente a mi madre en el balcón, diciéndonos adiós con la mano, contenta, atareada, expectante.

Uno de mis rincones favoritos de la ciudad es el templo de Augusto y sus únicas tres columnas: cuando lo visito, puedo escuchar la voz de mis profesores del colegio hablando de la Barcelona romana y vuelvo a tener ocho años en una ciudad que tiene cuatro mil. A diferencia de Roma, Barcelona lleva con ligereza su historia y no abruma al visitante con el peso de esta. Entre el mar y la montaña, la ciudad se extiende con una placidez enérgica e insólita. A pesar de su extensión, puedes cruzarla en apenas una hora, algo de lo que pocas metrópolis pueden presumir.

Tengo la fortuna de poder caminar desde el lugar donde nací hasta el lugar donde –creo– fui concebida, mirando al cielo, cruzado por un puñado de golondrinas en formación. Este cielo de Barcelona que contiene todos los cielos del mundo, estas paredes de Barcelona teñidas de mil pantones de gris. Cielo y muros que abrazan al visitante que cree enamorarse del parque Güell o de las Ramblas o de la Casa Batlló, pero en realidad, aunque él no lo sepa, son los balcones, las golondrinas, los muros grises, el cielo cambiante los que lo embrujan y hacen que sienta nostalgia de Barcelona nada más abandonarla. Y que siempre, siempre, siempre quiera regresar.