Las musarañas y la nada

Mi hermosa lavandería

Cuando volvías al colegio, cada inicio de curso, era inevitable que el primer día de clase te pidieran una redacción sobre Qué has hecho en tus vacaciones. A mí, que generalmente me gustaba el colegio, esta redacción anual me ponía especialmente nerviosa, porque no me parecía que el verano pudiera reducirse a una cuartilla o dos y se me atropellaban las ideas y, por lo general, no salía muy bien parada del ejercicio. Este septiembre, en el que he procrastinado bastante tirando a mucho, se me antoja un poco como aquellos momentos de plumier flamante y lapiceros afilados, con la variante de que no sé si tengo muchas ganas de dejar de procrastinar, que es una palabra de esas cuyo sonido –entre óxido y pereza y castigo– se corresponde absolutamente con su significado. Se suponía que tenía que trabajar a fondo en un montón de proyectos pendientes para los que carecía de tiempo y concentración el resto del año y, a la hora de abordarlos, en lugares tranquilos y que podríamos calificar de ‘idílicos’, confieso que he dedicado la mayor parte del tiempo a mirar las musarañas. O lo que en nuestros tiempos se conoce como ‘curiosear el Instagram de gente a la que sigo’ y otras cosas fundamentalmente inútiles. La cantidad de horas empleadas en ‘googlear’ datos carentes de interés, explorar ciudades que me interesan a medias y recordar hechos históricos que más valdría olvidar, reconozco que ha sido escalofriante. De entre todo esto, creo que la única cosa destacable ha sido la lectura de un libro sobre la relación de Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir que me ha reconciliado con la pareja de escritores y ha iluminado zonas de su vínculo y sus obras que me resultaban particularmente antipáticas. El libro Tête à tête, de la escritora americana Hazel Rowley, cuenta, entre otras muchas cosas, de una manera exhaustiva y amena, los vaivenes amorosos de ambos, poniendo el acento en el indeleble y peculiar lazo (al que no hay que intentar ponerle nombres) que los unía y que sobrevivió a amantes –permanentes y fugaces–, traiciones, desacuerdos; que sobrevivió a la historia. Otra cosa que me impresionó fue que, entre tantas aventuras amorosas, viajes, manifiestos (¡Sartre llegaba a firmar unos veinte manifiestos a la semana!) y caminatas (Beauvoir caminaba cuarenta kilómetros en un día, como si tal cosa), ambos encontraran tiempo para escribir a diario, a veces hasta ocho horas sin levantarse de la mesa, la ingente cantidad de novelas, artículos, ensayos y obras de teatro que ambos escribieron. De haber vivido ambos en estos tiempos, ¿habrían sucumbido a la constante tentación del teclado y la pantalla que nos conducen a las musarañas, que nos conducen a la nada?