Una lección cervantina

Animales de compañía

Cervantes arranca el prólogo del Quijote confesando que le hubiese gustado que su libro, «como hijo del entendimiento, fuera el más hermoso, el más gallardo y discreto que pudiera imaginarse»; y, a renglón seguido, se declara rehén de «la orden de naturaleza», que establece que cada cosa engendre su semejante. «Y así –se lamenta–, ¿qué podría engendrar el estéril y mal cultivado ingenio mío, sino la historia de un hijo seco, avellanado, antojadizo y lleno de pensamientos varios y nunca imaginados de otro alguno, bien como quien se engendró en una cárcel, donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido tiene su habitación?». Fórmulas muy similares, casi idénticas, hallamos en muchos libros coetáneos, pergeñadas a imitación de los maestros de la Antigüedad. Si acaso, Cervantes añade a la declaración archisabida un rasgo de dramatismo quejumbroso, al deslizar que su obra fue concebida en circunstancias penosas. Pero quizá con esta mención no anhelara tanto excitar la piedad del destinatario ni granjearse su simpatía como resaltar la fatalidad que había perseguido su carrera de escritor. No nos atreveremos a calificar esta mención de rencorosa; pero en ella se trasluce la amargura del escritor que descubre en su derredor a otros cultivadores del mismo oficio, quizá menos dotados que él, socorridos por mecenas y celebrados del vulgo, disfrutando de distinciones y honores que a él le han sido escamoteados.

Esta amargura se disfrazará de inmediato de sarcasmo, cuando Cervantes se burle de «la innumerabilidad y catálogo de los acostumbrados sonetos, epigramas y elogios que al principio de los libros suelen ponerse», así como de esa presuntuosa munición erudita –acotaciones en los márgenes y anotaciones al final del libro y profusos índices onomásticos– con que otros cofrades de la pluma distraen la vacuidad de sus engendros. Pero tales sarcasmos (al parecer, destinados a Lope de Vega) no logran, sin embargo, disfrazar la íntima frustración de Cervantes, que no era consciente de su talento ni llegó a vislumbrar la verdadera naturaleza de la obra que había escrito y de su protagonista inmortal. Cuando llega el momento de presentar al lector la índole de su obra, Cervantes afirma que no es sino «una invectiva contra los libros de caballerías», y que su escritura «no mira a más que a deshacer la autoridad y cabida que en el mundo y en el vulgo tienen» tales libros. Cervantes, en definitiva, no sabía que había escrito el Quijote; no era consciente del verdadero tamaño de su logro y, muy probablemente, murió sin saberlo. Su propósito no era otro que conseguir que «el melancólico se mueva a la risa, el risueño la acreciente, el simple no se enfade, el discreto se admire de la invención, el grave no la desprecie ni el prudente deje de alabarla»; un desiderátum que, a la postre, se resume en un anhelo de «derribar la máquina mal fundada destos caballerescos libros, aborrecidos de tantos y alabados de muchos más».

Cervantes nunca supo que había fundado la novela moderna, prestándole resortes que aún hoy mantienen intacta su vigencia; tampoco supo nunca que en el personaje de su noble y vapuleado caballero (como en la contrafigura escuderil que lo completa) había conseguido compendiar el alma española y también ese apetito universal de idealismo –refutado por la pedregosa realidad– que enaltece y a veces llena de espinas y abrojos nuestra existencia. Quizá, para ser consciente de su logro, Cervantes hubiese precisado del éxito, ese halagüeño espejismo que por un instante nos permite descubrir que somos escritores verídicos y no fantásticos, como Don Quijote descubrió su cierta condición caballeresca cuando fue agasajado por los Duques en su castillo, sin saber que aquel recibimiento no era sino chanza y embeleco. También el éxito tiene la misma naturaleza pomposa y evanescente; pero Cervantes persiguió con ahínco esa quimera, como demuestran sus esfuerzos –casi siempre fallidos– por apuntarse a todos los géneros en boga –la novela pastoril, la novela italianizante, la novela bizantina…– y sus postulaciones en la Corte, saldadas con un rosario de rechazos y desdenes. Y, mientras perseguía tan escurridiza quimera, envidioso de Lope y de otros como él que disfrutaban de mecenazgos y aplausos mundanos, no reparó en la verdadera envergadura de su creación.

¡Cuántas veces las míseras ambiciones humanas nos distraen de lo que verdaderamente importa! ¡Cuántas veces la trivial persecución del éxito nos impide reparar en nuestros valores auténticos!