Búho, koala, cangrejo

Mi hermosa lavandería

El francés está borracho y la mujer china que lo acompaña no para de reír. El francés dice «au revoir» y la mujer lo repite riéndose. El francés la corrige «au revoir, au revoir», y ella lo pronuncia peor cada vez y ahora el que se ríe es el francés. Ella lo abraza y lo suelta y se aleja corriendo y el francés está demasiado borracho para seguirla y se queda clavado en medio de la calle, como un colegial abandonado, hasta que decide ponerse en marcha otra vez lentamente arrastrando los pies con cuidado, como si acabara de aprender a caminar tras una larga convalecencia. Lo pierdo de vista cuando se cruza con un hombre que debe de tener cerca de los setenta: bajo, rechoncho, con la calva brillando, en este día soleado de octubre. O quizás ochenta, quién sabe. A su lado, una mujer mulata, cuya espectacular belleza no consiguen eclipsar ni las trenzas rojas postizas que le brotan desde la coronilla ni el vestido verde de lycra, un par de tallas más pequeño de lo que le correspondería. El hombre le llega aproximadamente por el hombro y, aun así, intenta ponerle el brazo por la espalda sin éxito, para acabar cogiéndola por la cintura. La cara del hombre compite con su cráneo: hay un brillo de orgullo en sus ojos, como si le fuera a estallar la camisa o algo. Ella le sonríe, lo llama ‘papi’, le dice que no la apriete tanto de la cintura, que la va a gastar. Estoy sentada en la terraza de un bar y los miro pasar con asombro, es como si pertenecieran a especies diferentes: una pantera y un pato. Se sientan a mi lado porque él insiste en sentarse porque está cansado y esta tarde ella lo ha dejado para el arrastre. Ella le dice que, si le compra un bocadillo de jamón, se queda un rato más con él; él dice que se lo compra otro día, que hoy, después de pagarle a ella, no le queda para bocadillos, que a un café sí la invita. Ella resopla, pero con dulzura, sin enfadarse y le dice que, si no hay bocadillo, se vuelve al trabajo. Están así, sentados un rato, discutiendo plácidamente sobre el bocadillo, el dinero, el arrastre, el trabajo, repitiendo las mismas frases en bucle, hasta que ella se levanta y se va. Lo besa en la coronilla: «Hasta la semana que viene, papi», y se aleja balanceando las trenzas rojas. Él la sigue con la mirada, ella se vuelve y le lanza un beso. Las trenzas se abren paso entre la multitud que llena la calle Montera mientras ella va en busca de otro hombre al que llamar ‘papi’, al que alegrarle la tarde o la noche. Por un instante, me siento yo también de otra especie, un búho o un koala o un cangrejo ermitaño, aunque sepa que todos –el francés borracho, la mujer que ríe, la mujer de las trenzas rojas, este hombre de la mesa de al lado– pertenecemos a la misma. Se acerca un camarero y el hombre le pide un café descafeinado de sobre «porque hay que cuidarse», dice, «¿verdad, usted?», y me guiña el ojo.